Paula Bisignano: Edición

Julieta Sánchez: Diseño de tapa y corrección 

Federico Barea: Investigación

Teresa Wangeman: Testimonios



Presentación de Cómico de la lengua y proyección de Se acabó la épica:


Pitre de la langue (Cómico de la lengua) Traducido del español por Albert Bensoussan

Crítica aparecida en la Nouvelle Revue Française (NRF) 

Editorial Gallimard, colección  “Du monde entier”

[Crítica aparecida en la Nouvelle Revue Française (NRF) n º 273 de Septiembre de 1975.]

 

Con sus mayores, Julio Cortázar y José Donoso, Néstor Sánchez, que este año entra en los cuarenta, integra en la novela latinoamericana un temible trío de innovadores. Lo intuíamos desde la publicación exploratoria  de Nosotros dos el año pasado, en una audaz traducción de Albert Bensoussan. Después de la lectura de Pitre de la langue ya no cabe duda (desgraciadamente en el título francés se pierde el equívoco del juego de palabras que tiene cómico de la lengua, ¡actor ambulante!)

Como una vena en una piedra ágata, se puede seguir en la espesura del libro un relato, del cual el crítico complaciente se cree obligado a poner algunos jalones para el lector desconcertado. Es la historia de un joven argentino llamado Roque Barcia, que no encuentra satisfacción en el matrimonio pequeño burgués, y tampoco se resigna a ser el empleado rutinario de una oficina de importación-exportación; siempre buscó situarse en el cosmos, darle un sentido a su vida. Su primer intento lo llevó a seguir hacia el norte del país a un tal Mauro Chavarría, del cual se convirtió en el parásito filosófico y al que identifica más o menos inconscientemente con su padre desparecido, un Chavarría convencido de que todo estaba regido por leyes, incluso el sufrimiento personal, cualquier tipo de sufrimiento, el desconsuelo y la alegría, los cambios de sitio o de itinerarios de adentro y de afuera, las distintas y contadas posibilidades de encuentros decisivos y la presencia global de la impresencia,  y que encuentra la confirmación de su fatalismo esotérico en el alcohol, la droga y la lectura de Daumal, de Artaud, de Joyce, de los textos sagrados de la India. Después de un primer fracaso que lo lleva de nuevo a una oficina de su ciudad natal, Roque Barcia vuelve a partir hacia el norte ante el llamado de Chavarría, y participa, con su mujer Raquel Chavarría y algunos compañeros, de una experiencia comunitaria animada por un gurú singular llamado Alejandro Kressel: barracas de pioneros en la selva tropical, desmonte y plantación de café, reuniones para la meditación colectiva entre los trinos frenéticos de los pájaros. La muerte accidental del mago dispersa al pequeño grupo. Privado de su tutor y de su rousseaismo gregario, Roque Barcia reencuentra la errancia y decide finalmente darle un sentido a su vida escribiendo: durante tres años tecleará sobre su Remington para  rescatar del olvido las horas perdidas, para justificarlas a partir de diecinueve libretas manuscritas que llenó con sus experiencias. El libro no se termina: la muerte esperaba a Barcia en la calle de Cloître Notre-Dame en París, ante una boutique de souvenirs. Relato entonces, pero nada objetivo, ya que está sometido a un doble filtro: el de Barcia mismo como narrador de su propio pasado, rescatando de ahí, según su visión del mundo y su escala de valores, los elementos que le parecen significativos: el de un tal Mike, antropólogo de Chicago, primer narrador puesto que dice yo en las primeras páginas del libro, y a quien la viuda de Barcia mandó el manuscrito no acabado, por razones poco claras dado que no conocía a Barcia, sin duda porque es el amante de Nacha Ortiz, único miembro accesible del grupo ya disperso de iniciados. Mike, entonces, lee, interviene, comenta, hace valoraciones; pero la mezcla es tan hábil que raramente se sabe quién habla  en esta narración deshilachada y bicéfala, que glosa una novela en devenir con una felicidad y una densidad fascinante: novecientas cuarenta y dos páginas (incluyendo las numerosas tachaduras, la ceguera metafísica) a lo largo de las cuales resurgiría la apariencia de un marco irremplazable y si se quiere barciano, la ambición de sentido y la prolongada desarticulación del incesto, el crimen oral y las irrupciones sincopadas de la megalomanía, la ceguera metafísica y el pavoroso tedio político como descanso del tedio, cierta estupidez indisimulada de cada historia personal y de conjunto, el empecinamiento y la clarividencia […] el sexo como redención o como pérdida pero sobre todo como fiesta vacilante de despedida perpetua, cierta velocidad progresiva del tiempo hecho cronología a toda costa...

El lector francés no tendrá dificultades en situar la novela en una temática a la vez proustiana y sartreana: por un lado el olvido, lo discontinuo, las intermitencias, el trabajo de recuperación de sí mismo, de capitalización del pasado en una esencia indestructible; por otro lado, la catolicidad perdida y su nostalgia, la angustia existencial, la absurdidad del mundo, la náusea metafísica y su transfiguración estética que “lava del pecado de existir” como dice Roquentin. Pero todos estos temas, amasados, sincopados, deformados por una lengua que logra la paradoja de ser a la vez tupida y llena de manierismos, proliferante y telegráfica, extraviada y estructurada. Los neologismos abundan: la escritura es barcianizante, ya que ella tiende a constituir a Barcia en esencia: la memoria es desmemoriada, el tiempo de la novela es retiempo. No se puede más que admirar la proeza del traductor que traduce suntuosamente este gongorismo de vanguardia; y que nos da algunas notas sobre las referencias propiamente argentinas: por ejemplo, está muy bien,  para leer esta novela, donde la antítesis Norte-Sur desempeña un papel capital, saber que el Norte argentino, en los confines con un Paraguay exuberante y tropical, es como el Far West norteamericano, tierra de aventuras y violencias. El título del libro, además de que en español hace referencia a la manía viajera del héroe, también debe leerse como una manera desenvuelta de distanciarse de un tema fatalmente ansiogénico: ¿se ríe Sánchez verdaderamente de los bricolajes lúdicos que opone a lo trágico de la insignificancia y la muerte? Que en todo caso, siga dándonos otras bufonadas de esta índole, encantadas por héroes sin armadura o frágilmente acorazados por una verborrea hinduista, atravesados por Haydn y el blues, por burlescos mudos y pericos cotorreadores, desamparados nestorianamente, musicalmente sanchizados.

 

Jean-Charles Gateau

Traducción: Hugo Savino

 

[Lo notable de este documento del año 1975, es que entra poniendo a Néstor Sánchez al lado de Julio Cortázar y José Donoso, como un joven del boom, lugar común que todavía funciona, sin embargo, se despega en el mismo movimiento y aparece la lectura, el oído. Lo notable es que lo lee en traducción, francesa, lo que muestra que la versión de Albert Bensoussan recrea el ritmo de Cómico de la lengua. Jean-Charles Gateau lee con el oído sanchizado desde la primera línea. H.S.]

 


NÉSTOR SÁNCHEZ Por Ignacio Gutierrez

Néstor Sánchez es ya mi escritor preferido definitivamente.  Y Cómico de la Lengua (su última novela antes de desaparecer en busca de la inmortalidad, literalmente) es la culminación de un camino extremo emprendido a ciegas en los límites del lenguaje: una visión desmitificadoramente pesimista del mundo contemporáneo. Después de Cómico de la lengua no quedaba mucho más, lo explica el propio Néstor años después cuando un periodista le preguntó sobre el motivo por el que dejó de escribir:  

 

¿Ya no escribe más? 

 

“A veces, por las tardes, cuando voy a un bar que está aquí cerca me permito pensar por un momento en la escritura y es evidente que aparece una leve onda de sosiego, es como si me fuera dado encontrar una épica en esta vida monótona que llevo. Es que nunca en mis libros inventé una historia. Todo ha sido en base a mi vida presente o pasada y esto ahora ya no puede ser. Me quedé sin épica”.

 

Un Rimbaud argentino dignificando (y destruyendo) la narrativa en castellano desde dentro. Un bailarín de tangos profesional que en Cómico de la Lengua ironiza sobre el papel del narrador y del lector, pero al mismo tiempo pone en duda el proceso en el que ser humano comprende, asimila y fija el mundo (su entorno) en ideas preconcebidas y estancadas… Pero nunca sin perder el sentido del ritmo, que si en Córtazar era el swing, en Néstor Sánchez (apasionado de la música) podría asemejarse al bebop, las vanguardias y el free jazz.

 

Hasta que descubres el truco la novela es casi incomprensible: una nueva vuelta de tuerca al manuscrito encontrado del Quijote, pero no su transcripción, sino la descripción del texto, la descripción del narrador representado en el texto original (emisor y transmisor enfrentados en un juego de perspectivas), lo "inscripto" y el juego del pictograma oculto: un código que esconde una frase extraña y que supone la reflexión final de la novela:

 

Si me sí o no puede ser o si fue mascara. N(estor)/S(anchez) X(ris)t(o)

 

Es decir si el reflexivo es Néstor Sánchez aplicado al narrador y entendiendo que esa pregunta se la hizo él mismo en, digamos, la vida real...

 

Y la cruz, también, símbolo esotérico que predice su búsqueda futura, no la cruz cristiana sino el símbolo atávico que los cristianos utilizaron para su representación de lo universal en la tierra: el cruce, el punto exacto donde la eternidad se una al tiempo presente.

 

 

Literatura en acción:

 

En todo caso una única frase indistinta que arranque con la palabra lentitud. Lentitud de ninguna manera fragmentaria o discontinua: el anochecer (la caída de al tarde, el crepúsculo) del día quince de octubre unas dos horas despues de haber entrado y de haber atrancado la puerta, a poco más o menos hora y media de haber entreabierto en parte la persina, Nacha Ortiz sin pintura respirable en la cara y con el pelo en dos (cierta precisión motriz indefinible) empieza a desvestirse con una lentitud que por largos momentos tenderá a volverse irritante...

 

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