nuevo libro de néstor sánchez - barcelona

Críticas


Soberbia superviviente por j. ernesto ayala dip barcelona 2018

Durante mucho tiempo, por la década de los ochenta, se creyó que el escritor argentino Néstor Sánchez (1935-2003) había muerto sin dejar rastro. Como sumido en un abismo sin retorno. Incluso se le rindieron sentidos homenajes.

Pero un día hizo su aparición. Sus seguidores, perplejos, fueron sabiendo poco a poco qué le había ocurrido durante tantos años sin saberse nada de él. Antes de morir, ahora ya definitivamente en 2003, había publicado un libro de relatos, La condición efímera. Dentro de este libro había también un breve texto sobre su estadía en Estados Unidos, Diario de Manhattan.

Néstor Sánchez introdujo en la novela argentina de los sesenta del siglo pasado algunas dudas programáticas en torno al realismo. Su primera novela Nosotros dos (1966. y reeditada en España en 1971), llamó la atención de Julio Cortázar, que no reparó en elogios.

En Diario de Manhattan, su autor registra su experiencia de empecinado homeless por la famosa Manzana.

Al margen del estado clínico que lo pudo conducir a ese insólito territorio, lo cierto es que Néstor Sánchez (al que, por cierto, Enrique Vila-Matas agradece, en un libro suyo, haber leído Nosotros dos, gracias al cual inicia la escritura de sus primeros títulos) se convierte en una especie de infatigable fláneur.

La primera exigencia que se inflige es transitar por las calles de Manhattan sin emitir ninguna queja, escribir con la mano izquierda y observar en los rostros de los neoyorquinos los signos de la decadencia americana, su falta de empatía, su compulsiva pulsión al consumo y con ello su depredación del planeta.

El escritor estuvo en la época más dura de Nueva York. Camina por sus calles, pasea su voluntaria indigencia, se nutre de Cesare Pavese y George Gurdjieff, en medio de la nieve, el gélido frío, que su gastado abrigo apenas neutraliza, hace mella en su carne de clochard desamparado. Leo este libro (con un muy interesante epilogo de Osvaldo Baigorria), lleno de soberbia superviviente y desafío a una sociedad que “usa el sexo para aniquilar la emoción”, y me acuerdo de ese personaje Paul Auster, tan rabiosamente contemporáneo de Néstor Sánchez, cuando exclama: "He venido a Nueva York porque es el más desolado de los lugares, el más abyecto". Este libro es oportunísimo para comprender la poética narrativa de Néstor Sánchez. Y esa herida existencial que arrastró tan enigmáticamente.


Adjuntamos a esta crítica el texto que Ayala Dip. ofreció para nuestro libro Visiones de Sánchez.

EL NÉSTOR SÁNCHEZ QUE CONOCÍ Y DESCONOCÍ

J. Ernesto Ayala-Dip

 

 

A la Carme y el Adrià

 

     Me llevé una enorme sorpresa cuando, a principios de abril de 2011, leí un libro de Enrique Vila-Matas, publicado en esos días, y encontré en sus páginas el nombre del escritor argentino Néstor Sánchez (1935-2003). Era el del escritor barcelonés una recopilación de textos escritos entre 1973 y 1984. El libro se titula En un lugar solitario, nombre que toma prestado del primer texto, un recorrido autobiográfico donde el autor da cuenta de sus comienzos literarios. La sorpresa aumentó exponencialmente cuando el autor de El mal de Montano confiesa que debe a Sánchez y a la lectura de su primera novela, Nosotros dos (1966), la redacción y la escritura de su primer relato. Unas pocas semanas más tarde, aparece un artículo del mismo Vila-Matas en El País donde trata con mayor detenimiento su experiencia libresca con Néstor Sánchez. La conjunción de estas dos inesperadas circunstancias trajo a mi memoria algunos hechos que me relacionaron con Sánchez el segundo año de la década de los setenta, en Barcelona.

     Han transcurrido exactamente cuarenta años desde entonces. Es probable que algunas experiencias estén mezcladas con otras. Tengo un recuerdo físico e intelectual de Sánchez yo diría que fidedigno, que no obstante no sabría datar con precisión de días ni apenas meses. Creo casi con poco margen de error que todo debió ocurrir entre abril de 1971 y junio de 1972. Lo que voy a contar siempre me pareció que tenía que ver bastante con la manera de entender el mundo de Néstor Sánchez. El mundo y, claro, la literatura, que era su mundo. Otra cosa muy distinta es que yo entendiera cabalmente ese mundo. Del calado de su literatura intuía algunos conceptos, dentro de mis modestas posibilidades. Por aquel entonces yo era un joven de veinticinco años, con muchas lecturas mayormente desorganizadas. Leía vorazmente: novelas, poesía y ensayo. El bagaje cultural de Néstor Sánchez cuestionaba involuntariamente mi fervor literario. Creo que era el entusiasmo el que paliaba mi ignorancia en muchas materias. Mi entusiasmo y la capacidad humana de Sánchez para disimular aquella ignorancia con enorme generosidad.

     En 1971 me desempeñaba como dependiente en el legendario Drugstore de Paseo de Gracia. Entraba a trabajar a las diez de la noche y salía al día siguiente a las cinco de la mañana. Eran siete horas bastante agotadoras, las más de las veces por no hacer nada excepto estar de pie esperando algún cliente, pero divertidas. Nunca en mi vida, frente a mi a veces atónita mirada, vi o veré pasar a tanta gente inclasificable. Solo las Ramblas podían ofrecer un cuadro humano de semejante heterogeneidad. No estoy seguro de si fue el 22 ó el 23 de abril, festividad de sant Jordi, el día que mi jefe de planta me mandó a vigilar la entrada de la terraza cubierta que el establecimiento tenía en la acera. La orden tenía que ver con unas charlas literarias que el mismo Drugstore había organizado con motivo del Día del Libro. A dichas charlas estaban invitados los popes del boom latinoamericano más algunos otros no tan conocidos o reconocidos. Mi cometido consistía en estar en la puerta para evitar no recuerdo ahora muy bien qué: mi papel de improvisado gorila no me impedía ver de reojo a esos escritores que yo leía o había leído y admiraba, a algunos más que a otros. Con esa imagen grabada en mi cerebro, me fui a la habitación de mi pensión a la salida de mi jornada laboral. Había visto a los grandes, casi los había rozado. Pasaron unos días cuando en un número de la revista Destino, se comentaba aquel evento, también había una reseña de un libro que me llamó la atención. Se trataba de Nosotros dos. El nombre de su autor no me decía nada, pero sí el título, que me recordaba un largo y estremecedor poema de Henri Michaux que se llama “Nosotros dos, aún”. Ese poema lo había leído en una antología del poeta belga en la excelente colección de poesía de Fabril de Buenos Aires, editorial fundada por Jacobo Muchnik en los años sesenta. No tardé ni una hora en ir a comprar el libro en cuestión. Solía ir a leer a un bar (que hoy ya no existe) de la calle Aribau, muy cerca de donde transcurre gran parte de Nada de Carmen Laforet. Encaré la lectura de Nosotros dos con mi experiencia abigarrada de lector. Apenas podía identificar un estilo cercano al nouveau roman, una voz narradora que por momentos me parecía cercana a la de La modificación de Michel Butor, pero sin estar seguro que esa procedencia estilística fuera certera. Leyendo entrevistas que le hicieron a Sánchez en Buenos Aires en los últimos años de vida, me llamó la atención que citara una novela de Claude Simon casi como uno de sus libros de cabecera. Precisamente había leído la misma novela y de la misma editorial que él citaba, Fabril, en los años en que él probablemente estaba escribiendo su primera novela. La cuestión es que había leído una novela de un autor argentino que desconocía. La había leído y me dejaba la sensación de una lectura distinta. No creo que hubiera metabolizado toda su complejidad, su sentido profundo, las claves extraliterarias sobre las que se apoya ni la forma que tiende, ahora lo sé, usando un símil musical, a la fuga.

     Solía acostarme hacia las seis de la mañana. Me levantaba alrededor del mediodía y acto seguido enfilaba rumbo al ensanche (mi pensión estaba en el pasaje Arc del Remei y Ferran). En esos desplazamientos, me gustaba cruzarme con algunas librerías. Muchas de ellas hoy ya no existen. Hablo de la Bastinos de la calle Pelayo y de la Librería Francesa de las Ramblas, incluida por supuesto la del Drugstore, famosa, junto a Cinc d’Oros, por su trastienda repleta de libros prohibidos por el régimen franquista y por la atracción incontrolable que solía ejercer sobre los “socializadores” de libros de la época. En uno de esos paseos librescos, me encontré con el autor de la novela que había leído el día anterior. Estábamos los dos en Áncora y Delfín. Lo reconocí por la foto que acompañaba la reseña de Destino. De tal reseña, dicho sea de paso, no recuerdo nada, ni siquiera su autor. No sería nada raro que la hubiesen escrito Lluís Izquierdo o Joaquín Marco, ambos sumos conocedores de la literatura hispanoamericana, entonces y ahora. Tampoco recuerdo si la reseña hablaba bien o mal o ponía solo algún reparo a la novela de Sánchez. Pero lo cierto es que dicha pieza, independientemente de su juicio, debió estar escrita con el suficiente entusiasmo como para que yo corriera a comprar el libro, además de habérmelo exigido las caras resonancias de su título. No sé exactamente cómo fue el encuentro. Es muy probable que abordara al escritor esgrimiendo la única razón de mi atrevimiento: que lo había leído. Sí recuerdo que no tardé ni un segundo en decirle que el título de la novela me recordaba al poema de Michaux. Eso fue la clave de nuestra efímera amistad. Me dijo que había leído ese poema. (Ahora sé que el tono de desesperada elegía del poema de Michaux impregnaba la novela de Sánchez.) Creo que congeniamos rápidamente. Me dejó su teléfono y comenzamos a vernos. Hablábamos de literatura y no hablábamos muy bien de Argentina. Yo solo llevaba un año en Barcelona, creo que él también. Néstor Sánchez vivía en un piso de la calle Numancia, muy cerca de la estación de Sants. Un día me invitó a cenar. Allí conocí a su mujer, una chica joven (Sánchez tenía treinta y cinco años) y muy risueña. Estaba embarazada. Frecuenté varias veces ese piso. La hospitalidad era tan grande que costaba marcharse. Me pareció que el escritor era por esos días muy feliz. Con su mujer, con su futuro hijo, con Nosotros dos, que acababa de reeditar Seix Barral (la novela se había publicado en Buenos Aires en 1967). Cuando no iba a su casa, nos encontrábamos en un Marcelino de la calle Córcega, muy cerca de las confluencias de Diagonal (que entonces se llamaba Generalísimo) con Mayor de Gracia. A esas cenas también asistía un amigo de Sánchez, un chico joven, y tan entusiasta como yo, de la literatura y de Sánchez.

     No sabría decir cómo, pero un día enfilamos rumbo a Tossa de Mar. Como yo había estado en Blanes y Tossa trabajando antes de hacerlo en el Drugstore, apenas desembarcado en Barcelona desde Buenos Aires el 16 de abril de 1970, parece que convencí al escritor para pasar un día en el mismo pueblo costero donde había puesto sus pies nada menos que Ava Gardner. Así que hacia allí partimos en el tren de la costa desde la estación de Francia. Al final lo que iban a ser unas horas se convirtieron en dos días. Paseamos. Hablamos, entre otros temas, de sus dos grandes fetiches musicales, John Coltrane y Aníbal Troilo. Bebimos. Y fumamos. Sánchez fumaba mucho. Le mostré la parte de Tossa amurallada y el cuadro de Chagall que cuelga en su pequeño museo. Fue allí donde me dijo que estaba escribiendo una novela. Se trataba de Cómico de la lengua. Me hizo una sinopsis de su contenido. Podía escribir la novela gracias a una especie de salario que Seix Barral le había adjudicado. Es posible que en esa operación participara la agente literaria Carmen Balcells. Sé que escribía mucho. Se le notaba satisfecho con los resultados parciales de su trabajo. Pese a todo, nunca me dijo: “Hoy no vengas porque tengo que escribir”. Procuré ser prudente. Lo llamaba de tanto en tanto; no era menos cierto que, puestos a mirar mi situación, tampoco estaba tan sobrado de amistades; conocidos sí, y muchos saludados, siguiendo la infalible taxonomía de Josep Pla: Néstor Sánchez me ofrecía el privilegio de su amistad y de su sabia conversación y su expansivo humor. Yo era un joven dependiente en un guirigay nocturno, que leía denodadamente para entender algo, aunque no sabía exactamente qué. Mi relación con el escritor se basaba en una química que estaba por encima de nuestras afinidades literarias. Él sabía que yo era un aprendiz de algo relacionado con la literatura, un novato con algunas competencias (como se dice ahora) hermenéuticas más intuitivas que basadas en sólidos conocimientos de la filosofía de la composición. Y yo sabía que él podía aceptar el desigual intercambio con una delicadeza de trato, con una autoexigencia de respeto, el trato y el respeto del maestro que confía en la sed de aprendizaje del alumno. Prueba de ello fue que por esos días yo acababa de leer Opiniones de un payaso de Heinrich Böll. Una noche en su casa me habló de una novela de Günter Grass, El gato y el ratón. Me habló maravillas de ella y me invitó a leerla. Yo, a su vez, le hablé también maravillas de Böll. Intercambiamos libros. E intercambiamos entusiasmos germánicos.

     Durante ese año de 1971, nos vimos varias veces. En febrero de 1972 me casé. A Néstor Sánchez lo seguía frecuentando, aunque más espaciadamente. Después de todo éramos dos personas ocupadas. Cada uno en el sitio que merecía. Pero el afecto seguía intacto. En mayo de ese mismo año recibí la noticia de que mi padre estaba muy enfermo, así que preparé el viaje a Argentina. Pasé a despedirme de la familia Sánchez. Su mujer, de la que no puedo recordar el nombre (pero sí su perenne bonhomía), ya había dado a luz a una niña. En esa situación los dejé, felices y esperanzados.

     Estuve dos meses en Argentina. Cuando regresé a Barcelona lo primero que hice fue llamar a los Sánchez. Nadie contestaba el teléfono. Me personé en la calle Numancia. Cuando me disponía a subir al ascensor, el portero me preguntó a dónde iba. Le respondí que “a ver a la familia Sánchez”. “Esa familia ya no vive aquí”, me contestó. “Se marcharon de un día para otro, después de que su hijita muriera”. Me quedé de piedra. El portero me resumió lo sucedido. La niña había cogido un virus implacable. La llevaron urgentemente al hospital, pero nada pudieron hacer por su vida. “¿Sabe adónde se fueron?”. “A París”, me contestó, con un tono en la voz como si a él también le hubiera alcanzado el dolor de los Sánchez.

     No supe más nada de Néstor Sánchez hasta que al año siguiente fui a París. Antes había llamado a la editorial Seix Barral para recabar información sobre el escritor. Me confirmaron que estaba en París y que podía obtener más datos llamando a la editorial Gallimard, donde ahora trabajaba como lector. Era la primera vez que pisaba la ciudad de mis sueños. Así que tuve que controlar las dos emociones: París y el casi seguro reencuentro con el autor de Nosotros dos. En Gallimard me dieron su teléfono particular. Llamé y me atendió su voz: “¿Aló? Hola, Néstor, soy Ernesto. Estoy en París. Me quedaré unos días, ¿te va bien que nos veamos?”. “¡Uy, qué lástima! Justamente ahora nos vamos fuera de París y no sé cuánto tiempo nos quedaremos”. Por alguna razón que no sabría precisar intuí que me mentía, que era como si no quisiera saber nada de todo aquello que tuviera que ver con su estancia en Barcelona. Yo era parte de un pasado reciente que tenía que olvidar. No insistí. Le dije que me había enterado de lo de su hijita y que lo sentía mucho. Me dio las gracias y nos despedimos.

     Una mañana, tres años más tarde, me lo encontré en Barcelona. Como estábamos a unos pasos del Velódromo entramos a tomar un café. Hablamos de su niña. Creo que acusó a los médicos de negligencia. Era evidente que no quería hablar de esa dolorosa cuestión y pasamos a otros temas, entre ellos un elogioso comentario de la tortilla española que lucía en la barra del bar. Le dije que si quería y tenía tiempo podría venir a cenar a casa. ¿Qué Néstor Sánchez había frente a mí en ese entonces?: un gesto sombrío que desconocía y una especie de tristeza infinita que casi resultaba imposible que no me contagiara. Vino a cenar con una chica de pelo moreno largo. No era la misma mujer de la calle Numancia. Esta casi no hablaba, asentía con una mirada mansa y subordinada todo lo que enunciaba el escritor. Mi mujer de entonces y yo le presentamos una tortilla lo más parecida a la del Velódromo y otros platos. Los agradeció con la educación que le caracterizaba. Pero algo me decía que Néstor Sánchez no era el mismo que había conocido unos años atrás. Más taciturno y, sobre todo, como si le molestáramos. Como si no estuviéramos a la altura de lo que le rondaba por la cabeza. Entonces, de pronto, ya en los postres, comenzó a monologar. El tema era una serie de reflexiones sobre la eternidad, la muerte, la insoportable brevedad de la vida. Hablaba casi sin contar con nosotros. Yo atribuí el inesperado soliloquio a la bebida que había ingerido, que era bastante más que la de los que estábamos a la mesa. En algún momento debió ver en nuestras miradas cierta ausencia, tal vez un indisimulado desgano, algún gesto de renuncia y cansancio (era bastante tarde). Lo cierto era que me costaba seguirle. Mis cosas no funcionaban a las mil maravillas: ni en mi matrimonio (que hacía aguas) ni en el trabajo ni en los objetivos personales que me había marcado. Lo último que necesitaba por esos días era escuchar las teorías místicas de Georgi Gurdjieff (a las que también se habían aferrado en su momento el poeta surrealista René Daumal y la escritora Katherine Mansfield): tal como estaban mis cosas, lo que más necesitaba eran ingentes dosis de optimismo. Así es uno a veces de mezquino con las aflicciones ajenas. Creo que respondí a alguna de sus penumbrosas reflexiones con alguna frivolidad del tipo, “Bueno, che, pero hay que seguir adelante, la vida es hermosa” o alguna otra cursilería por el estilo. Lejos de obviarlos, Néstor Sánchez los sintió como una ofensa imposible de rectificar. Una bofetada a su ensimismamiento metafísico. Él y la mujer callada que lo acompañaba se levantaron silenciosamente, encontraron la puerta de salida como si fuera la de su propia vivienda y se marcharon sin pronunciar una palabra ante nuestra estupefacción. Al día siguiente acudí a la pensión en la que se alojaba, una de esas pensiones incrustadas en pisos de vecinos, a muy pocos metros del señorial edificio donde vivió y murió el poeta Salvador Espriu. Toqué el timbre con la esperanza de encontrar su risa abierta y reconciliadora. Abrió la puerta una mujer mayor y pregunté por el señor Sánchez: al rato se presentó negándose casi furiosamente a escuchar mis disculpas, unas disculpas que me costaba sentir justificadas, pero que igual necesitaba que el escritor escuchara y aceptara para salvar nuestra otrora amistad. Y ahí acabó todo. No supe más nada de Néstor Sánchez.

     Navegando un día por internet supe que había fallecido en Buenos Aires, en su barrio de siempre, el mes de abril de 2003.

 

 

Nosotros dos

 

     De Néstor Sánchez no supe más. Pero siempre tuve en mi biblioteca unos cuantos ejemplares de Nosotros dos. Los encontraba en la feria de libros de ocasión, esa edición casi de bolsillo con una portada donde sobresalen dos hojas, una viva y otra otoñal, rodeadas de un azul intenso. Solía regalarlos a los amigos, creo que lo hacía como si regalara el libro que un día me hubiera gustado escribir: “Toma, una novela que quiero mucho y que fue muy importante en mi vida”. Sánchez escribió más novelas y un último libro de cuentos, La condición efímera, que pasó absolutamente desapercibido. Luego se perdió entre las brumas de un silencio voluntario. Sobre esta hermosa novela se escribió mucho, como del resto de su obra novelística. Dado que Cortázar había recomendado su publicación en la editorial Sudamericana, se le colgó el sambenito de novela cortazareana. A mí nunca me lo pareció. Incluso el mismo Cortázar llegó a reconocer que Sánchez había llegado más lejos que él. Me parece que se refería al misterio literario que encerraba esa novela, el larvado propósito de un radical ostracismo, literario y vital. Literatura del misterio existencial. En los dieciocho años que estuvo ausente de su país, ocho los vivió como un clochard, como un personaje de Paul Auster o esos escritores ignotos que recoge de los márgenes de la historia universal de la literatura de vez en cuando Enrique Vila-Matas.

     Para mí Nosotros dos resume el dolor de una pérdida, una atmósfera de irrecuperable felicidad. Puede que, como afirma el escritor y ensayista argentino Germán García, Nosotros dos acuse la influencia de Nadja de Breton y de algunos de los últimos poemas de Pavese, sin olvidar a ese maestro por antonomasia de misterios literarios que fue Macedonio Fernández. “Novela poemática” le llamaba el mismo autor, novela sin argumento, novela de la palabra. Sin duda, Nosotros dos sufre algunas imperfecciones. Era una primera obra. A rebufo más o menos inconsciente de Sobre héroes y tumbas de Sábato y del ciclo de Santa María de Juan Carlos Onetti. Pero así y todo Nosotros dos es una novela lúcida en su voluntad de formar parte de esa gran literatura terminal que inició James Joyce. Para un joven que hace cuarenta años leía sin brújula, más atento a los mensajes que a la materia ígnea con que a veces esos mensajes se transformaban en llamas de la propia institución novelística, el libro de Néstor Sánchez fue una introducción al corazón de las palabras y los sentimientos incomunicables.

El Diario de Manhattan del escritor argentino Néstor Sánchez (1935 -2003), incluido en el libro de relatos La condición efímera, publicado en Buenos Aires en los años ochenta, estrena edición en España bajo el sello de Ediciones Sin Fin y se presenta mañana martes 05 de diciembre en la Librería Calders de Barcelona. El próximo martes 12 de diciembre se estrenará en la misma sede el documental Se acabó la épica, dirigido por Matilde Michanié y basado en la vida del autor argentino.

Néstor Sánchez nació en Buenos Aires en 1935 y murió en la misma ciudad en 2003, después de haber deambulado por América y Europa. Publicó su primera novela, Nosotros dos (1966, Sudamericana, por recomendación de Julio Cor­tázar), a la que siguieron Siberia blues (1967), El amhor, los orsinis y la muerte (1969) y Cómico de la lengua (1973, Seix Barral, que tam­bién reeditó sus otras novelas en España). Fue traducido al francés por Albert Bensoussan para Galli­mard y a su vez fue traductor de obras de Louis-Ferdinand Céline, Henri Michaux, Cesare Pavese y René Daumal, entre otros, a lo lar­go de una vida de vagabundo que lo llevó a transitar por varias ciuda­des, entre ellas Barcelona, París, Roma, Caracas, Lima, Nueva York y Los Ángeles, viviendo como indi­gente con frecuencia. Al regresar tras dos décadas de ausencia a su país natal, publicó La condición efímera (Sudameri­cana, 1988), compuesto por doce relatos entre los cuales se destaca el presente Diario de Manhattan.

El documental Se acabó la épica, con guión y dirección de Matilde Michanié,  es un recorrido fragmentario del camino de este buscador perpetuo. Entre 1967 y 1973, en pleno auge del boom de la literatura latinoamericana, Néstor Sánchez publica cuatro novelas. Su originalidad es prometedora pero a la vez lo ubica en un sector marginal del mercado. Su vida y su carrera se alimentan una de la otra. Va del dos por cuatro del arrabal a la danza esotérica y de la literatura a la experiencia mística. El intento de fundir la poesía con la prosa, que Sánchez denominará escritura poemática, lo convierte literariamente en un rebelde solitario, en un autor de la literatura argentina misterioso y único.

Enlace para ver el trailer: https://www.youtube.com/watch?v=GD1HgnIuqZE

 

Se acabó la épica
Sobre la vida y obra de Néstor Sánchez
Guión y dirección: Matilde Michanié
70 minutos – Argentina, 2015

 

PRÓLOGO

[extracto]

/ por Osvaldo Baigorria /

Del deambular de Néstor Sánchez por Europa, América del Sur y del Norte entre los años 70 y 80 no quedaron huellas en ninguno de sus libros a excepción de este diario, crónica, relato, cuento poemático de una experiencia de vida a la intemperie en esa isla a la que se nombra de entrada, en la que se irrum­pe como lo haría un constructor de vero­símiles.

En la década del 60, Puig y Sánchez an­duvieron a la par en sus vías de ca­nonización como «renovadores de las letras hispa­noamericanas», al decir de Ángel Rama. Tenían casi la misma edad (Puig era tres años mayor) y habían publica­do sus primeras novelas casi al mismo tiempo (Nosotros dos en 1966, La trai­ción de Rita Hayworth en 1968). Pero si hacia mediados de los 70 Sánchez ya empezaba a ser conocido en Europa (Gallimard publicó su primera obra, titulada Nous deux en París con traducción de Albert Bensoussan, y Seix Barral publicó en Barce­lona sus otras novelas: Siberia bluesCómico de la lengua y El amhor, los orsinis y la muerte), de pronto se vio o se sintió arrastrado por un llamado a silencio, a abandonar la «carrera de escritor» para lan­zarse a una búsqueda de autoconocimiento sin atenuantes, como él mismo diría. Un silencio que rompería por única vez al publicar a fi­nes de los 80, ya de regreso en Buenos Aires, la serie de re­latos que llamaría La condición efímera y, dentro de este libro, el poderoso Diario de Manhattan.