Gracias a Claudio por materializar, a Pablo por los botines y a Manuel por la dedicación incondicional.

 

Volver a la otra casa es grato porque uno sabe dónde tiene que buscar lo que ha perdido. Volver desde la que fue tu casa a tu casa es hacer presente la fractura, que a veces parece soldarse y otras se vuelve inmensa.

En estos días del regreso les podría  decir que no he pensado, no. He sido asaltada por las evocaciones. He escuchado voces. He traído a los ausentes a mi ducha, a mi cocina, a mi silencio.

Escucho a Néstor de manera persistente con ese tono que machaca la palabra, con ese ritmo regular y penetrante. Lo escucho claramente, me habla, pero como siempre, no dice, hay que recoger las huellas de su voz y decirse a uno mismo.

Y entonces, me escucho pensando y acierto una vez más cuando confirmo que Néstor fue mi maestro. Lo fue sin proponérselo. Lo es y lo será porque Néstor no te dice, Néstor nunca quiso decir nada, Néstor te lanza pedazos rotos de existencia disfrazados de lenguaje y cada quien escucha lo que se permite oír. Eso es un maestro, el resto es instrucción.

Volver a la otra casa, desde la que fue tu casa produce, ya a estas alturas, un sueño narcótico, un terremoto lejano que les sucede a los habitantes de Kansas, unos deseos imposibles de detener, unas ganas locas de quitarse las costras de las cicatrices para que vuelvan a sangrar. Eso, que sangren las heridas, que se descascaren, que se destrocen, que se desprendan como las suelas de los zapatos de Néstor en Nueva York.

Volver para irse y volver a la otra casa desde la que fue tu casa. Buscar las ausencias, perseguir el viejo dolor de las heridas, reconocer que ni el maestro ha dicho, ni el padre ha dejado carta de despedida. Ir, venir, doblar, subir, bajar: verbos de movimiento que ansían desesperadamente ponernos en acción para alcanzar una sola cosa: desear tener deseos de escribir.

Cuando Néstor, me preguntó por qué escribía le respondí: "para no morirme".

A mí también se me acabó la épica, con esta novela quemé las naves, ya no hay escenas familiares para triturar, ya los buitres se llevaron los últimos trozos de cadáveres.

Escribí y me sentí viva.

 

Vuelvo con la alegría de una novela publicada y con la enorme pena de tener que confesar que para seguir escribiendo, ahora, solo puedo imaginar. Las anestesias del tiempo han hecho efecto.