Liliana Guaragno

A través de la lectura de estos textos que fue publicando Néstor Sánchezen, accedemos a su original pensamiento que no cede en la reflexión sobre el oficio de la escritura unido indisolublemente a la experiencia de vida. Ya en 1966 -el mismo año en que Sudamericana edita Nosotros dos- escribía “Apuntes a favor de un género algo inexistente” en el que inicia el cuestionamiento del sitio del arte de la escritura, y sobre el que insistirá a través de los años. Sánchez parte de un “estado de pregunta” que genera su crítica a un sólo estado de lengua, a un sólo estado de cultura, cuyos fines ideológicos detienen en general el curso de la libertad interior. En medio de esa problemática propone el arte como  aventura sin garantías de la fusión vida-escritura. Sus referencias literarias, sus ideas y discusiones acerca de las formas de la novela así como la apuesta a un lenguaje singular dan lugar a ese “género algo inexistente” al que llamará “Novela poemática”.

Estos artículos, notas, ensayos y prólogos que componen Ojo de rapiña, título -sobre el que volveremos- y que Sánchez adelantó en vida como portada de sus papeles, sopesando la posibilidad  de incluirlos en un libro que por suerte hoy renace para lectores y escritores  y nos abre a las fuentes de una propuesta de base que se aparta de la “literatura” para sostener la “escritura”.

Opuesto a las formas realistas convencionales que fueron el objeto de críticas positivas en su época –la década del ’60-, Néstor trabaja en la construcción de un género singular que es la novela como proceso de vida. Su pensamiento sutil se niega  a lo que descansa en “lo opaco de un mundo horizontal” consabido, a un escritor y/o lector  “horizontal”, que se reasegura la serenidad de “esa memoria impersonal” que genera lo que mal llamamos cultura.

Sánchez, una presencia real de nuestras letras, confirmó su singular escritura en una serie de novelas poemáticas que cierran su ciclo con Cómico de la lengua (1973), baluarte de un nivel de excelencia que podríamos equiparar –salvando distancias temporales y regionales- con el Ulises (1921) de James Joyce. La pasión, el desafío, la tensión son semejantes en cuanto a la transmisión que llega a quien desea recibirla. 

“La escritura abierta de la que hablo, la escritura poemática, sólo admitiría imágenes primarias (o elementales) que nada más aluden a lo impreciso del presentimiento, algo momentáneo de un ritmo que es un ir organizándose (reanudarse, invertirse) en la vacilación del contrapunto”, escribe Néstor en “En Relación con la Novela como Proceso o Ciclo de Vida”. La distancia entre las ideas propulsoras de Sánchez y la “intelección previa y comunitaria” del predominio de la recepción instalada es grande. Dificultades de dicha intelección surgen mientras Sánchez dice o escribe  ‘lo otro’, “la aventura humana como primera audición”[1], la escritura como “instrumento de conocimiento”, “la soledad del oficio”, “la no ficcionalización”, la importancia de lo “inmediato y transmisible”. Un planteo de lenguaje que sigue a Artaud en cuanto la “presentación” y rechaza la representación.

Sentimos al leer sus obras los ecos indeclinables de su búsqueda así como las influencias de  las vanguardias que vibran en aspectos valorables al mismo tiempo  que Sánchez las critica y se despoja de ellas.

Pero la década del ‘60, un avispero de intenciones de cambio, se ve acosada por aspectos políticos que en gran proporción se “afilian” a la época y encuentran la meliflua amistad de grupo iluminado: “El lector de prosa de ficción quiere saber cómo es el asunto de la realidad, del ser nacional y/o americano…”. Se ha escrito para otros fines, se publican  “libros que dudan poco y afirman mucho”, escribe Sánchez quien prefiere a Joyce y desmerece a Sartre (solía decir “el pobre Sartre”) quien abona el suelo filosófico e instala lo ideológico, el “compromiso” en la novela de tesis que intentaron muchos de los escritores argentinos en ese momento y leyeron los lectores con el fin- ambos- de alcanzar la “buena conciencia”.

En Théorie des Exceptions dice Phillipe Sollers: “El rechazo de Joyce a abandonarse al menor enunciado muerto es justamente el acto político mismo”. Algo similar ocurre en   Sánchez que sufre no solamente ante un público de jóvenes que no pueden escuchar otra sintaxis, otros símbolos, aunados en la irrealidad del esquema del discurso universitario, sino también a cierta crítica que lo único que puede ver en Siberia Blues, por ejemplo, es “una voluntad experimental”[2]

 Qué se puede decir entonces del lenguaje en general, el de la calle, el de los medios que predominan. La pobreza se extiende, porque ni siquiera se tiene en cuenta la propia pobreza, ‘garrafal’, diría Sánchez. Mentirse a sí mismo, el autoengaño como sistema se instala a través del comodín de ilusiones o fantasías que trabajan a favor de la sobrevaloración de  la pertenencia a algún grupo social afín, y entonces el lenguaje se degrada en el camino ya trazado de lo consabido, lo ya dicho y redicho, en las preceptivas literarias, en las convenciones dominantes en el campo sociopolítico. Es lo cerrado, un cierre que impone una sola lengua en un estado de cultura naturalizado, la de la expresión y la comunicación, la de la banalidad y el entretenimiento. Leer lo tedioso, lo general aceptado, esa “inutilidad teatral (y sin alegría) de todo”, escribía Jack Vaché en su carta a Bretón.

Sánchez se aleja de esos grupos con los que habría que identificarse consolidando un lazo homogéneo que se confina en normas establecidas, reforzando esa identificación. Otro destino sospecha nuestro autor para el lenguaje de la novela, para acceder a “los alcances liberadores del arte”, por eso apunta a ese “género inexistente”, para llegar a la certeza de una transformación del género novela, género que, como señala Mijaíl Bajtin no calza en estructuras fijas sino que se metamorfosea en su propio quehacer.

De algún modo el surrealismo fue una alternativa para Néstor porque reivindicaba el arte como “actividad  pura” pero en todo caso, como exceso de contaminación. Es necesario para el escritor “aceptar o no los peligros de su actividad” dice, y cita, a Merleau Ponty quien cuestiona “la prosa de los sentidos o del concepto”, para afirmar luego la necesidad de la poesía, que “reconvoque nuestro poder de expresar, más allá de las cosas ya vistas y ya dichas”.

Contra los entusiasmos espurios, Sánchez se juega a la apertura de una ética, ética de la aventura de vivir y escribir, con  un lenguaje que desestima cualquier finalidad utilitaria, ya filosófica, y/o ideológica que subraya nuestra paupérrimo yo o paupérrima realidad.

Frente a la precariedad  de lo que pertenece al patrimonio común, que agrava la linealidad de lo que aparece como entretenimiento, la salvación se daría en las “resonancias”, que suceden por  “la memoria del sabor, el tono de una voz que tampoco teníamos en cuenta y nos estaría aproximando a un proceso de toda la vida. Ese otro que uno no alcanza a suponer de sí mismo”. La parodia crea distancia de los valores uniformes, y aunque todo texto es prescindible, “puede hacer revivir en quien se encuentre o  reencuentre (…)  los motivos demasiado oscuros que lo llevan a trabajar con palabras…”. 

 

Al escribir sobre El oficio de poeta de Pavese, Sánchez  alude a “la ceguera partidista de los que se empeñan en confundir una escritura con la voluntad periodística de ideologizar a través de palabras sin vida, enferma de preconceptos simplificadores”.

Con fruición relee veinte años después, pero ahora en italiano, la obra de Pavese;  asimismo sostiene el flanco marginal de las vanguardias, desde Tristan Tzara a Joyce y Becket, es decir desde la impronta de la experimentación al camino que lo lleva a la real  experiencia de escritura: esa aventura.

Pero Sánchez descreerá de vanguardias, automatismos, “esos prejuicios” de los que el escritor tendría que  despojarse, alejándose de “oleada” tribal”, de esa casi “memoria impersonal”.

Amén de sus incontables lecturas, su íntima relación con el cine mudo y el hablado -su participación en  los cineclubs de la década del ’60-, y el tango que Néstor sabía bailar; destaca un oído que privilegia el jazz, y más aún el free jazz importantísimo, que es fuente de su forma de escribir y se empareja con esos músicos que primero tomaban un tema, y luego improvisaban para volver al tema, y  más adelante lo mantenían como punto de partida, “riéndose de él, y de la posibilidad de decidir no retornarlo”. Es el free jazz-que desesperó a los críticos por esos días en los que Sánchez escribía “El lenguaje jazzístico”. Experiencia vital que atrae el lenguaje de sus novelas, logrando una voz propia, vinculada al ritmo, a la respiración de la lengua y sus tonos, a reiteraciones y sus variantes, a la certeza de la unidad de prosa y poesía: Se trata pues del lenguaje como instrumento, de su “Novela poemática” que necesita de un lector poemático, activo como quería Macedonio Fernández o escribía por el ‘60 Umberto Eco en Opera aperta.

 

La aventura de  escribir lleva al escritor al asombro de un libro que es otro cuando lo termina, entonces es otro el sujeto que lo ha escrito, se ha modificado en el trayecto, y asimismo a su través se modifica el que lo lee. El sujeto se construye en lo abierto, en el dinamismo de lo vital que apoya la escritura y la lectura constantemente.

La “novela poemática” implica cuestionamientos, nos hace otros, así como el narrador es todos, cada uno de los distintos yoes que hay en él, esos personajes, que el presente vivo activa.  “Ignoro la oscura voluntad de mis personajes”, dice Néstor Sánchez. Y es así,  la verdadera escritura hace hablar a esos otros desconocidos que hay en todos nosotros.

Las novelas de Sánchez no cuentan una historia, sino múltiples historias de conexión free-jazzística, en la que el yo personal no es sino cualquier otro en sus interrelaciones y diferencias. Historias -sí,  en plural- que no anulan la cadencia sino que se entrelazan en ella. Reminiscencias, citas, otras voces literarias, y otros signos como dibujos, fotos, planos, partituras, y más, comprometen asimismo esa fuerza de transmisión ineludible.

“Y todo por hacer”, dirá Néstor,  desde la generación Beat,  el “ jazz contemporáneo a partir de Parker”, para luego subrayar los nombres de John Coltrane, Ornette Coleman, y otros,  el free jazz que mencionamos, el cine desde Bergman a Visconti, el teatro con Jarry y Artaud.

A todo esto, el humor estalla gracias al “Padre Ubú” y al tío Ismael que aparece en el “Prólogo” de Sánchez de  El libro negro del humor. Esta experiencia es “la posibilidad de la ruptura de todo”

Cortázar recibe en París el original de  la primera novela de Néstor,  Nosotros dos y la envía directamente a  Sudamericana que la edita en 1966. Sánchez agradecido, aunque va a confrontar con la “antinovela” cortazariana, que “ni siquiera puede ser definida por Morelli”. No es ese el tipo de novela que pretende Sánchez, quien me aseguró en una charla que le impactó el comienzo musical de Rayuela. Más bien Sánchez tenía la poesía su lado,  y no como garantía (como es nuestra vida, sin garantías).

Con excepción de su primera novela, que es quiebre y renovación de vida y escritura en Sánchez, las que la siguen no abandonan el humor a secas ni el humor negro: Siberia blues (1967); El amhor, los Orsinis y la muerte (1969) con la poderosa la ‘h’ en el “amhor”,  y Cómico de la lengua (1973), esta última consagrada en su máxima genialidad (y que tal vez,  posteriormente, lo haya dejado ‘sin épica’ en coincidencia con sus problemáticas personales posteriores).

Sánchez coincide con Pavese, “la reflexión estricta, impiadosa, en forma paralela a una escritura asumida como perfeccionamiento individual”. Sus puntos de partida tienden a la sinceridad absoluta, a una ética del lenguaje. La escritura: Voz auténtica, aceptación de  nuestra orfandad y precariedad, y del misterio de nuestra estadía en el mundo.

 

La aventura del lenguaje en su complejidad incluye el “nivel de conocimiento”, que no es lo que llamamos cultura: criterios didáctico-sociológicos, un realismo determinado como preceptiva, la conciencia intelectual ligada a la “pariente pobre de la razón”. Se opone pues a la novela estancada ante las “posibilidades casi inimaginables” del lenguaje. René Daumal reacciona ante la “ineficacia de la cultura”. Las palabras deben retornar a su fuerza esencial, al menos por aproximación-, deben dar “el sabor de lo experimentado más allá de la imaginación, la fatalidad y los hábitos intelectuales”. “La primera realidad a experimentar, era la de mi ignorancia, la de mi vanidad, la de mi pereza, la de todo lo que me encadena a la prisión”, escribió en 1940  Daumal en Pour approcher l’art poétique hindou. La adhesión de Sánchez a Oriente tiene que ver con él, con el sánscrito y la lectura de los textos sagrados de la India, aspectos que llevarían a nuestro autor a tomar contacto con la enseñanza de Jorge Ivanovich Gurdjieff, de las “fuentes auténticas de la tradición oriental” ya desde su estadía en Perú, y que se concretaría posteriormente en París.

Este recorrido es un simple hilo que me atrevo a adelantar y que los lectores podrán ahondar sustancialmente al acceder a la lectura de estos textos con el nombre prefigurado por Sánchez para llevarlos alguna vez a la gracia de un libro, y que ahora ha logrado su concreción. El título Ojo de rapiña, lleva el subtítulo “Monólogos sobre una experiencia de escritura”, según Néstor Sánchez  dejara escrito en la carátula de sus escritos de reflexión. El primero, Ojo de rapiña enfrenta cierta ambigüedad y puede ser interpretado de diversos modos, sus variaciones de sentido podrían apuntar  al “ojo” de aguda visión  y gran rapidez que puede llegar a lo que el ojo común no llega, pero también a la carroña, a todo aquello que Sánchez critica negativamente en la literatura que en general se leía en su época. Otra posibilidad es pensar que ese título adhiera a aquella situación de quedarse sin “épica” y si sólo queda robar de lo que hay, necesariamente queda dejar de lado entonces lo subrayado como “poemático”, y en todo caso, “dejar de escribir”, frase que repite en tres ocasiones, y que se adelanta en la ‘visión’ de los últimos y desencantados años de Néstor Sánchez.

Llegue nuestro agradecimiento, en primer lugar al hijo de Néstor, Claudio Sánchez,  en su dedicación ineludible de rescatar y hacer público el material escriturario de su padre, y asimismo a la colaboración de Paula Bisignano y Federico Barea.  De este modo accedemos  a Néstor Sánchez  en  el dinamismo de sus dilucidaciones y experiencias sobre el arte de la escritura.

                                                                 

 

   

[1]“Primera audición” es el título del primer cuento de su último libro La condición efímera (1988).

 

[2]En “Las últimas promociones: la narrativa y la poesía”, en  Historia Social de la Literatura Argentina, Buenos Aires, CEAL, Tomo 3, 1968. 


MIETTES

por Norberto Guarnieri

Escribo, aunque tenga un sentimiento ambivalente, tal vez porque escribir sobre un hombre tan... no puedo definirlo definitivamente, sobre eso quiero manifestarme, sobre las sensaciones que Néstor Sánchez despertaba en mí: en su alumno, en su admirador y en su intrigado observador. ¿Cómo sacarlo de esa oscura sensación que lo envolvía?; sí, me hubiera encantado poder ayudarlo y les aseguro que lo pensé en muchas ocasiones, sobre todo cuando lo veía tan triste, no recuerdo haberlo visto verdaderamente alegre alguna vez, y creo que no exagero si les digo que no recuerdo una carcajada de Néstor, yo mismo trataba de hacerlo reír, creía que de esa forma lo ayudaba, ¡qué iluso!, no comprendía lo profundo de su sentir por la vida y por la muerte (“Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir”, Nietzsche). Creo que me apreciaba mucho y he logrado hacerlo sonreír en más de una ocasión (no, carcajadas no); corría con alguna ventaja ya que el taller era en su mayoría formado por mujeres; lejos de ser una observación machista, esto significa solamente que se sentía mas relajado en algunas charlas conmigo, puesto que con las mujeres era extremadamente respetuoso, en esa época al menos, espero que no lo haya sido siempre.

Néstor Sánchez era un gran erudito, siempre hablaba con gran seguridad, la del que ya lo vivió, le gustaban mucho las miettes (“Morirse es un drama sin atenuantes”, N. S.); pequeñas frases o trozos de poemas que sorprendían al oyente por su justeza y por lo conciso del mensaje. Él vivía de miettes, un pedazo de pan y otro de queso un vasito de vino y charlamos un poco: “Un trabajito, por favor, un trabajo, Norberto”. Me pidió que le consiguiera un trabajo varias veces y yo le decía: “Néstor, ¡qué trabajo te puedo conseguir yo a vos!; el trabajo que vos te mereces no puedo conseguírtelo yo”. Así eran los diálogos extraliterarios, que hacían pensar en un país para “piolas y avivados” en el peor sentido; en esa segunda década infame de los noventa, una persona tan valiosa como Néstor Sánchez no tenía lugar en ningún puesto acorde con su capacidad cultural y humana, tenía que tratar de vivir dando algún taller o dando clases de algún idioma, o no sé cómo, les juro que me jodía poderosamente y me sentía incapaz de solución alguna.

Quizás tenga que hablar del taller literario, más que de mi impresión sobre Néstor como hombre integral, pero quizá sólo de esa manera podríamos entender a un hombre como él, que llegó a ser un gran escritor sólo después de ser persona y, como a toda persona, le pasaban cosas, y a Néstor vaya si le pasaban. Nosotros, y ahora hablo de los compañeros del taller, sabíamos algunas, pero seguramente eran las menos; lo cierto es que su falta de alegría me obsesionaba, no podía entender cómo un hombre como él, que había logrado lo que yo ambicioné tanto tiempo, lo que yo creí que sería la felicidad y la cima para cualquier aspirante a escritor, no podía ser feliz. ¿Será que la felicidad completa es una ficción?, ¿será que la realidad supera la ficción?; lo cierto es que Néstor hizo que (me) replanteara mi vida de escritor, seudo escritor, aspirante, o de intelectual, seudo intelectual, aspirante; fue una persona muy importante en mi vida por acción o por omisión, ya que aprendí muchas cosas que él nos marcaba, quizá sutilmente con algún breve comentario, siempre cuidadoso de no lastimar; creo que Néstor era incapaz de lastimar a nadie, me impresionaban muchísimo sus silencios, me gritaban montones de cosas que yo quería rebatir y no sé por qué siempre lo hice, en estos casos, desde el silencio o la cobardía del no decirle lo que pensaba totalmente; creo que fue por el respeto que siempre le tuve que temí lastimarlo, justamente a él que era el que menos se lo merecía (hay un poema mío que habla de este tema y que le dediqué). Siempre es grato recordar aquellas horas en que, entre silencio y silencio, nos recomendaba que leyéramos El oficio de poeta de Pavese o el Eclesiastés del libro sangrado, el penúltimo capítulo del Ulises o el Giacomo de Joyce, Hechos memorables de René Daumal, el “Kaddish” de Allen Ginsberg o a Eliot y algunos más que luego seguiré enumerando. Sus comentarios eran muy escuetos y había que saber tomar rápidamente lo que decía e interpretarlo, casi siempre unido al silencio como significativo comentario que, cuando le gustaba bastante lo que habíamos leído, podía ser: “muy bien, está muy bien eso”; o aquello de la puntuación, siempre recuerdo la coma, el punto y coma; ¡ah!, los dos puntos: nunca había escuchado hablar de la puntuación de esa manera, me sorprendió gratamente y me hizo prestarle mucha más atención, recuerdo su apasionamiento por la puntuación como algo muy importante en su estructura de enseñanza. Nos recalcaba siempre el cuaderno de notas y la lista de palabras (a la que yo llamaba palabras listas) como algo fundamental para cualquier aspirante a escritor, insistía con que la materia prima de un escritor es la palabra, entonces cada uno debía forjar su propio tesoro con frases y palabras que en algún momento iba a utilizar; él tiraba sus miettes y los concurrentes debíamos pescar sus comentarios fugaces, parecía un oráculo, lo respetábamos mucho y aprendimos a quererlo, desde los sutiles sentimientos que genera el que enseña sin alardes, desde la sapiencia natural del que sabe sin aspavientos, sin necesitar nada, nada.

Alguna vez me pregunté si eso que hacíamos (Silvia, Cecilia, Mónica, Patricia y yo) era en verdad un taller literario y creo que no; que no era un taller convencional, era más bien una reunión de gente que quería escribir con un hombre con mucha experiencia literaria, pero a la vez muy particular, y en principio nosotros esperábamos una devolución más acorde con un profesor y lo que teníamos eran pequeñas impresiones que con el tiempo aprendimos a decodificar y a utilizar de alguna manera haciendo nuestra propia experiencia. Nos guiaba en muchas lecturas: El halcón Maltés de Hammett; El oro de Blaise Cendrars; El ángel subterráneo de Jack Kerouac; Luz de Agosto y Las palmeras salvajes de Faulkner; El gato y el ratón de Gunter Grass, pero especialmente la editada por Joaquín Mortiz; así era él, un perfeccionista en esas cosas de la literatura y no así en otras, a las que el común de la gente les da muchísima importancia. En los últimos años que lo vi regularmente, a principios de los noventa, ya le interesaban pocas cosas, o por lo menos eso era lo que trasmitía, se relacionaba con muy pocas personas y muy pocas cosas; recuerdo cuando me dijo: “ya no sé qué leer, me quedan tan pocas cosas que me interesen verdaderamente, que no sé qué leer”. Comentario grave, gravedad que, como un estigma, venía grabado en su nombre y apellido.

Espero haber sido lo más fiel posible con mis recuerdos y anotaciones de aquella época, y también espero no haber traicionado el recuerdo siempre cariñoso de Néstor Sánchez. Termino con dos miettes que él nos dictó de Cesare Pavese: “La inquieta angustiada, que sonríe sola” y “Esa muerte que nos acompaña de la mañana a la noche, inquieta, insomne, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo”.



Nuevo libro de Néstor Sánchez

Por Matías Raia - Golosina Caníbal

En los últimos años, el proyecto editorial impulsado por Claudio Sánchez bajo el nombre de La Comarca Libros nos ha permitido recuperar las obras y las ideas del gran escritor de culto y oculto Néstor Sánchez. Si la editorial irrumpió con un libro inigualable titulado Ojo de rapiña, una recopilación totalmente inédita de artículos y ensayos de Sánchez sobre la escritura y la literatura, este año, 2017, promete una gran novedad: Escritura poemática. Se trata de una obra que recupera las experiencias en el taller literario que brindaba el autor de Siberia blues: testimonios, apuntes, preparación de clases pero también textos seleccionados por Sánchez y entrevistas en las que abordó el cómo escribir y la ética del desacato literario. Meterse en la cocina de la escritura poemática, asomarse a las clases que preparaba Sánchez y las percepciones de sus alumnos y alumnas son algunas de las posibilidades que abre este libro para nosotros, sus lectores.
Va pues la tapa, algunos fragmentos cedidos generosamente por Claudio y el flyer de la presentación que será este viernes 5 de mayo.

Mi idea de crear un taller es de alguna manera la posibilidad de encontrar un grupo homogéneo y perdurable. Tengo cosas que transmitir, además de la escritura, y la posibilidad de discernir la responsabilidad extrema de escribir.
Néstor Sánchez

MÓDULO I

 

Características:

 

Una característica indesmentible de esta forma de escritura (que no tiene por qué ser constante) es la obsesividad, el “automatismo”, como podría suceder con un instrumento solista que improvisa largamente.

Si yo vivo la novela como poema, con la relación de ritmo, el capítulo es el verso. Hace falta un lector que advierta las resonancias. Se trata de libros que necesitan una lectura poemática pues fueron concebidos poemáticamente. El lector, habituado a leer novelas donde los elementos de interés se fundan en lo anecdótico fracasa en la relación de resonancia, no está entrenado.

Entonces, ¿qué habría que decir sobre el problema de la lectura? Se habla del adiestramiento del escritor, pero hay que tener en cuenta el adiestramiento del lector que es el reescritor del texto. Sería el adiestramiento de la atención poemática que es fundamental para mi planteo de la estructura novelística.

Pavese decía que el escritor está obligado a leer. Yo lo vivo de la misma manera: un grupo de personas se contagia la posibilidad de aprender a leer. No hay escritura sin lectura. Incluso hay textos que requieren la lectura en voz alta. Una de las experiencias más válidas de mi vida fue la lectura de textos en común. Propongo en el taller esa actividad.

 

(...)

 

MÓDULO II

 

El equilibrio de las herramientas:

 

• Abolición de los puntos suspensivos y de los signos de admiración.

• Supresión del adjetivo delante del sustantivo (salvo casos muy aislados).

• Valor del silencio (revisión del sentido de pausa: puntuación, espacios en blanco, doble y triple, etc. ej: Hechos memorables - pag. 104).

• La voz propia tiene relación directa con el sentido de pausa y es preciso respetar como en la música, los elementos de la puntuación, estableciendo sus grandes diferencias. En un momento dado incluso pueden faltar.

• Paréntesis.

• Guiones.

• Uso del condicional.

• Cuidar el infinitivo.

• Economía del adverbio. Su importancia expresiva.

• No al gerundio.

• La pregunta: una pregunta extrema, en lo posible extensa

(manejo del tono de pregunta, como con un título).

• Ataque y remate (su importancia).

• Cuidar que lo lapidario no impida trabajar más. No caer con demasiada frecuencia en el remate lapidario; también es posible esperar antes del corte. Con remate se abre el raro conflicto del “propósito” de una escritura, y puede presentirse la posibilidad de aliento.

• Cuando la tendencia es “lapidaria” será necesario leer a autores que tiendan al párrafo amplio, con o sin tendencia a la enumeración: El viento, de Claude Simon, me parece un buen inicio. También el último capítulo de Nosotros dosque, en cierta medida, representó para mí una toma de partido (por supuesto para el contrapunto) en relación con apertura, con búsqueda de aliento.

 


(...)

Victoria Morana:
 Fue mi maestro, era una persona sensible y sabía escuchar. Aprendí a hacer un análisis textual, el placer de la disección que permite entender un texto en su totalidad, descifrar en la trama los secretos de la historia. La primera clase propuso un juego: cada encuentro uno de nosotros tenía que llevar una cita para leer en el grupo y debíamos anotarla en el cuaderno. Si tuviese que elegir de las frases que Néstor propuso, las que más lo definirían creo que son: “Todo es vanidad y apacentarse de viento” del Eclesiastés, y “La tentativa que te propongo hacer conmigo puede resumirse en dos palabras: permanecer despierto” de René Daumal.

Inés Pereyra: Me prohibió el uso del punto porque decía que mis frases eran muy lapidarias. Fue buenísimo porque me obligó a tirar de la piola.

Norberto Guarnieri: Sus comentarios eran muy escuetos y había que saber tomar rápidamente lo que decía e interpretarlo. Aquello de la puntuación, siempre recuerdo la coma, el punto y coma; ¡ah!. Los dos puntos: nunca había escuchado hablar de la puntuación de esa manera, algo muy importante en su estructura de enseñanza. Nos recalcaba siempre el cuaderno de notas y la lista de palabras (a la que yo llamaba “palabras listas”) como algo fundamental para cualquier aspirante a escritor; insistía con que la materia prima de un escritor es la palabra, entonces cada uno debía forjar su propio tesoro con frases y palabras que en algún momento iba a utilizar.