Música Narrativa en Nosotros dos

Claudio Sánchez: piano y voz

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LA primer novela de tango

Revista de difusión con fragmentos de la novela.

Edición especial, ilustrada en formato 21 x 29 cm.



LECTOR SALTEADO

NOSOTROS DOS, NÉSTOR SÁNCHEZ

Aunque pocos lo sospechan, el escritor argentino Néstor Sánchez (1935-2003) fue mucho más que un amigo de Julio Cortázar. Lo que sí es cierto es que fue el autor de Rayuela quien recomendó a Sudamericana la publicación de la primera novela de Sánchez, Nosotros dos, que vería la luz en 1966 (hace ahora cincuenta años). A ésta la siguen otras como Siberia blues (1967), El Amhor, los Orsinis y la Muerte (1969) o Cómico de la lengua (1973).

 

Mientras tanto, entre las líneas de su vida tendrían lugar en Buenos Aires las charlas sobre poesía italiana y surrealismo francés, el amor por el tango y la música jazz, el abandono del hijo y la búsqueda espiritual fuera de Argentina, la pobreza errante en ciudades de Estados Unidos y la vuelta a casa, donde Néstor Sánchez publicaría, ya en 1988, su último libro: La condición efímera.

 

A partir de este momento se hace el silencio: “se acabó la épica”, que dirá el escritor porteño.

 

Pero, como toda buena novela, Nosotros dos está varios pasos más allá de la semblanza más o menos anecdótica que podamos hacer de su autor, de su condición de escritor marginal más o menos lumpen y de sus escarceos con la esquizofrenia. Esta novela se apoya más en la influencia beat, en el narrador-cámara y en la firme oposición de Sánchez frente al realismo crítico imperante y a la literatura del Boom (García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes…) que por aquellos años sesenta y setenta inundaba  vitrinas de todo el mundo y opacaba -quizá a su pesar- a generaciones enteras.

 

Esta novela (que manejo en la edición bonaerense de Mansalva, 2013) tiene como telón de fondo la historia de la relación entre un hombre y una mujer, sus encuentros y desencuentros, sus idas y venidas por una geografía urbana y mental tan fragmentada como el propio discurso. Y en primera línea, justo en medio del escenario: la escritura. El arte de narrar y de jugar con el lenguaje son los verdaderos protagonistas de esta historia: el drama irresoluble de determinar en palabras la fluctuante indeterminación de la vida; de superar, con la escritura, los límites de la escritura.

 

¿Acaso puede un simple escritor penetrar las infinitas y desconocidas capas que recubren todo lo que nos rodea? ¿No es agobiante comprobar que donde vemos una pared hay una capa de polvo, otra de pintura, otra de yeso, otra de cemento, otra de ladrillo, de nuevo una capa de cemento, otra de yeso, otra de polvo, otra de pintura… y que esto es sólo lo que pueden ofrecer nuestros sentidos, tan poca cosa…? ¿No es angustioso, más allá de la estúpida pared, pensar en lo inabarcable de las capas que unen y separan a dos personas que se aman o se odian? ¿No es vertiginoso no entender nada y aún así embarcarse en la aventura de querer escribirlo?

 

Todos y cada uno de nosotros, en nuestra grandiosa o miserable cotidianidad, hemos tratado de asegurar con palabras o con simples suspiros el suelo que pisamos. Sin embargo, parece que hubiera una valla muy alta y de espinas rizadas entre lo que es y lo que somos -que es nuestro lenguaje.

 

 

En el desesperado intento de Néstor Sánchez -“loco inclasificable”, que escribió un amigo- por transgredir esa frontera, la cadencia del tango y las reiteraciones del jazz son los lenguajes que conforman esta imprescindible novela poemática. Un libro muy bien escrito, un libro escrito con música.


Nosotros dos, un tango cubista.

Gabriela Rodriguez

“Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos no me preguntes más…”, entona Eidy Gorme al son del trío y la candidez del bolero muta cuando se viste de tango. En Nosotros dos la novela de Néstor Sánchez como en el tango un hombre que llega del Uruguay, tras la partida de un tren en el que deja a su mujer cargando en brazos a un niño; mira, desde la soledad de una pieza a otra mujer, de malla roja, que se broncea al sol entre sábanas que se balancean. Imagen inicial puesta en abismo de lo que será la novela.

 

A un año de aquella distancia reconocida ahora como nunca presumible, en un ejercicio de narración, quién narra en Nosotros dos intentara hacer pie a fuerza de retórica, con el fin de nombrar como algo terminado los interrogantes abiertos en su existencia:

“…todavía me pregunto como si durara ese primer mes de dejarnos: ¿Quiénes seremos, Clara, los memoriosos, los ausentes? (…) quienes seremos fue”. Empeñado en volver acontecimiento los sucesos más insignificantes de una vida, todo lo dice y se le entrecruza, en el registro de un gramófono – todo siempre mezclado, todo haciendo agua, dirá, pero ajustado a una dirección, que sigue siendo un meridiano. Esa mujer, Clara, será la excusa, el Otro por el que se escribe un recuerdo en el intento de llenar una vida con causas. La musa, la compañera, la destinataria de los poemas, la lectora la misma que a partir de un andén, con su hijo envuelto en una pañoleta aprenderá a irse, a ordenar su desfigurada vida sin él. Como si Clara supiera: ¿ves?, ¿sabes?,¿recordás?, la invoca, como si Clara no ignorara y pudiera anticipar, en diversos apelativos el adivino – esa parte de sí de la que le habló a ella - pierde brillo frente a esa mujer que se devora a la polaca, a Laura, a Thelma e Irene y otras tanta que merodean en el relato.

 

El buscador del conjuro de la invariable idea de muerte que fuera Néstor Sánchez, el escritor, se revela aquí en el fulgor de un mujer clara, tratando el silencio abierto por una poética de la afonía, tomándola a ella como un testigo donde podrá verse gesticular. Nosotros dos demuestra en su dirección la siempre presente presencia de esa mujer, y los días con ella en Banfield, desde allí destila momentos que fueron, partidas brutales, la muerte de un amigo, tímidos regresos, mujeres puestas a hacer la calle, filósofos de barrio y un camino literario que no acaba de comenzar, casi un tango.

Sudamericana publicara en 1966 Nosotros dos opera prima con la que se inicia la experiencia literaria de Néstor Sánchez, bajo los auspicios de Cortázar, quién reseña el libro del que se dice admirador; había recibido los originales enviados por el propio Sánchez a Paris, acompañados de una carta sibilina. (La vuelta al día en ochenta mundos). Le seguirá Siberia blues en 1967, El amor; los orsinis y la muerte en 1969, Cómico de la lengua publicado por Seix Barral en España en 1973 y en versión francesa por Gallimard en 1975, recientemente editado por Editorial Paradiso, Buenos Aires 2007.

 

Amigo de poetas, Sánchez confiesa que la poesía no se le daba, en su lugar tal vez porque así lo exigía su relación con la lengua, la escritura asumía la categoría esquiva de la novela poemática, que lo tiene por único cultor. Programa estético que exige que el lector se acople con el oído descansando de seguir con todo rigor una trama que por momentos no se termina de cernir. Las arácnidas y extensas oraciones al borde de la ilegibilidad pero sin perder coherencia recrean cual gramófono una hiper-conciencia que relata en forma de epístola signada de nostalgia, un tango con aspiraciones cubistas.

 

El parentesco de esta literatura con Joyce es evidente, y así como C. G. Jung en su mordaz lectura del Ulises pudo afirmar que más que un producto morboso el Ulises es en un sentido más profundo cubista: “en cuento disuelve la imagen de la realidad en un cuadro complejo, indefinido, cuya nota tónica es la melancolía de la objetividad abstracta”. Así Nosotros dos, presenta el volumen de una vida facetada en los distintos registros de una conciencia que recuerda, reflexiona, ve, o sueña en torno de un centro, una mujer de la que el narrador se distancio hace un año. Nada sabremos de los por qué de aquella distancia y todo lo sabremos en esa reconstrucción que descompone para adelante y para atrás desde ese único acontecimiento.

 

La traslación al plano literario de lo que fuera el cubismo como movimiento pictórico, se juega en la simultaneidad que logra ubicar en pie de igualdad distintos planos de la experiencia: conversaciones, percepciones, intuiciones, en un equivalente de las formas facetadas que adopta la pintura cubista.

 

Según afirma Guillaume Apollinarire a propósito de Picasso, lo que su cuadros ofrecen, imitando los planos para representar volúmenes, consiste en una enumeración de los diversos elementos que compone un objeto, ”una enumeración tan completa y tan aguda que ellos no adquieren configuración de objeto gracias al trabajo de los espectadores, quienes por fuerza perciben su simultaneidad, sino en razón de su composición”. Lo que se integra por fuerza constituye los diversos planos del lenguaje, mar por el que somos bañados, captando en sus equívocos lo que queda por fuera y que ha sido rodeado a fuerza de retórica.

 

Cuando la prosa solo representa como en Sánchez, una excusa para llegar a la poesía, se realiza en la literatura una tendencia “lírica”, propone Germán García, tendencia que en Nosotros dos adopta una tonalidad intimista y poética a la vez, con el uso de la primera persona y la segunda persona en una prosa que busca musicalidad.

 

“La prosa poética es suspensión de actos y o evocación de actos perimidos”, continúa García, por caso en esta novela aparece la evocación de aquel año en Banfield, las idas y venidas con las putas y Santana, las conversaciones con Eliseo el dramaturgo anarquista; también la invocación de Clara como único testigo, un meridiano. De este modo, algo se realiza como puntuación de la muerte, en la desaparición del que escribe (Garcia). Desaparición que se consuma en el acto de la escritura “tal vez digo para dejarme atrás, - afirma el narrador - para que se termine con las frases hechas”.

 

 

Hacia el final de lo que ha tomado la forma de un racconto el narrador encuentra su aserción: ”…creo que cambio, eso es todo… pienso como siempre que elegí pero ya no creo que sea el bien y las palabras se harían enormes y visibles, pienso una y otra vez en el pasado, chorros, humo de nada que se quema…”. Una travesía del lenguaje en busca de las palabras que pudieran nombrar la ausencia, el lenguaje que introduce para cada quién la dimensión de la muerte, pero también permite evocar con efectos de creación e invocar produciendo un vació en su centro. “… Clara, la literatura enferma, nos cerca tanto papel y la idea de la muerte…”.