Hacia el culto de Néstor Sánchez

Por Lucas Martín

Apenas la devoción de Julio Cortázar, un principio de enigma y un nombre especialmente cualificado para desempeñarse en las subcategorías tropicales del baile. De Néstor Sánchez era bien poco lo que se sabía en España; estaban, sí es cierto, los comentarios encomiásticos de escritores como Vila-Matas o el propio rey de los cronopios, la fama de escritor de culto, pero también el mutismo editorial, difícilmente socorrido con la llegada, escasa, de ediciones argentinas. Pocos, realmente pocos, habían leído algunas de sus novelas. Sobre todo, en las últimas décadas, en las que su rastro por Barcelona, donde vivió, comenzó, incluso, a evaporarse.

 

RBA ahora lo ha puesto difícil y a la vez fácil; para hablar de Sánchez ya no basta con saberse la leyenda, su literatura, por fin, está al alcance. Y, además, con dos de sus novelas más afamadas, agrupadas en un único volumen, Nosotros dos y Siberia Blues; escritas antes de que el escritor se alinease con la niebla, los viajes y la nada, en la época en la que no era complicado imaginarle un futuro de superautor consolidado con estudio en París, paseando del brazo de Cortázar. La obra del autor, como si respondiera a la maldición de un demonio quiromántico, está partida con un hachazo que deja de un lado una vida más o menos convencional y del otro las sandalias del nómada, con frecuentes desapariciones, entradas y huidas en los ámbitos de la enciclopedia.

 

Con la publicación de Nosotros dos, sin embargo, Néstor Sánchez despertó el entusiasmo de toda su generación, especialmente entre aquellos interesados por la exploración formal y las posibilidades del lenguaje. La edición de RBA, precedida por un estupendo y pesudobolañesco prólogo de J. Ernesto Ayala-Dip, casi una tercera novela, en la práctica, deja claras las razones; una prosa extraordinariamente hipnótica y musical, casi un fin en sí misma, que avanza en grandes círculos arrastrando, como una sinfonía que incorpora nuevos acordes, todo lo que encuentra a su paso. El duelo, la memoria convertida en un potente caleidoscopio, en el que, además de la palabra, carbura el motor de la melancolía; las dos novelas, acaso contagiadas por el espíritu deshecho e imaginativamente arrabalero de Siberia blues, son muy de la cadencia del tango –el propio Néstor Sánchez fue bailarín–; una construcción narrativa en la que dialoga la luminosidad de Felisberto Hernández con el tiempo cíclico detenido del nouveau roman y la secuencia infinita de posos de café, paseos nocturnos y cigarrillos aplastados contra la acera, un libro que pareciera derrumbarse si se le corta la primera frase, como un castillo enlazado desde la base a los cañones. Néstor Sánchez está aquí; confíemos en que no vuelvan las desapariciones.