Voces disonantes para una novela

 

Antonio Oviedo 

 

Lo mismo que ciertas escrituras argentinas (las de Arlt, Borges, Macedonio, también las de Di Benedetto, Juan Filloy e incluso la de Wilcock en El ingeniero), la de Néstor Sánchez (1935-2003) continúa, todavía hoy, contraponiendo su testaruda resistencia a los encasillamientos de cualquier índole. La suya puede ser objeto de los más diversos intentos de comprensión, pero ninguno resulta suficiente ("la burocracia crítica –asegura Hugo Savino– no sabe dónde ponerla"), es capaz de fagocitarlos y recobrar luego su radical insumisión a los estereotipos del sentido común literario. 

Es más: su obra apenas si necesitó un corto lapso para "completarse", para adquirir –entre 1966 y 1973– sus singulares logros. Y, sin ceder un ápice de la poderosa fuerza experimental que agita sus enunciados, la forjó en un período en cuyo transcurso proliferaban las estridencias de la literatura comprometida, canalizadas a su vez por opciones políticas inapelables. Paralelamente, esta breve carrera literaria estuvo erosionada desde el vamos por pendulares debacles existenciales. 

Es mejor utilizar la expresión declive existencial para subrayar el estado cada vez más acentuado, paulatinamente descendente, de angustia, desdicha e incertidumbre (ante la muerte y su misterio) que jalonaron la vida de Sánchez. 

No parece equivocado formularlo de este modo: se concedió a sí mismo esos siete años para escribir Nosotros dos, Siberia blues, El amhor, los orsinis y la muerte y Cómico de la lengua. En 1988, cuando aparecen los cuentos de La condición efímera, hace rato que se encuentra jaqueado por un ansia de nomadismo, de no quietud, de vacío espiritual que ni siquiera las enseñanzas de Gurdjieff atemperan o mitigan. 

Pero cuando escribe Siberia blues, la prosa de Sánchez evidencia su apogeo. Éste consistió en llevar al plano de su textualidad la improvisación jazzística, una música por la que sentía una predilección cimentada en lo que el verbo improvisar justamente convoca: tanteos, intuiciones y hallazgos fulgurantes que no por ello aquietan búsquedas que se renuevan sin pausa. Charlie Parker (es suyo el epígrafe de Siberia blues), Thelonius Monk, John Coltrane, son nombres claves para el oído del escritor ávido de fundar la intersección utópica de dos lenguajes. 

En las conversaciones (El drama sin atenuantes) con Carlos Riccardo, la aclaración de Sánchez es decisiva: "Al tratarlo como una improvisación sobre un tema dado conquisté el tono requerido" y pudo entonces soslayar el realismo testimonial subyacente en el argumento. Entre los ’40 y comienzos de los ’60, en ese lugar desolado, de frontera, que es "la Siberia" (Villa Pueyrredón), una barra de lúmpenes (el Obispo, Remigio, el flaco Colombres, Lobos, Ernesto el pintor, Ventura) cultivan una amistad casi pudorosa nutrida de claudicaciones, ínfimos heroísmos, fechorías, estafas, atracos, turf, cárcel, martingalas, falopa. 

Y a este repertorio de vicisitudes, la escritura de Sánchez lo despoja de toda ilación narrativa mediante una sintaxis repleta de pulsaciones irregulares. Que aparte de trasladar ecos de otras lenguas (las de Joyce y Apollinaire, sin duda) a la vez inaugura ritmos propios, sonoridades desconocidas, en fin: voces disonantes concebidas por Néstor Sánchez para abrir umbrales únicos de audición con su novela.


Creador Sánchez: Piedra libre                   Tuércele el cuello

Por J. González cociña (Primera Plana 1967)

Se sabe cómo empezó la Siberia, “con una carga algo repentina de brigada en desuso, de guitarrero viudos hace miles de años” Se sabe también que la barra de Tomasol es la gendarmería de sus fronteras, “en particular la franja urbana sin acceso posible para nadie que no hubiera nacido en la franja”.

La geografía siberiana tolera otros nombres propios: la calle Valdenegro, al norte, donde se achicharraban los plátanos; la farmacia Olimpo, “con algún frasco de esencia de banana en la trastienda”; el bar Trece, donde es siempre inminente el mediodía.

Néstor Sánchez creció aquí, en esta Villa Urquiza que fue nido de algunas aves vulgares: de Natalio Ventura “afónico, chueco de dicción”; “de esa especie de inside que es el flaco Colombres”, y sobre todo del Obispo, que tenía la costumbre de silbar desde la verja de Valdenegro.

Todos los otros datos se escamotean, deliberadamente: los personajes, en vez de asumir un comportamiento, se conforman con estar, con existir, con moverse; los paisajes son decididos por el narrador a su antojo, según sus humores, en una suerte de contraseña que deja piedra libre para el lector, que a su vez, los recree como quiera (“Hagamos que flote sobre el río aquel zapato tuyo”, escribe Sánchez, como quien busca un cómplice). También la historia vagabundea por el sur, por el norte y por abajo, con una maliciosa irreverencia hacia la progresión dramática.

Porque lo que Sánchez quiere en su segunda novela (la otra fue Nosotros dos, 1966) es descalabrar el género, torcerle el cuello a sus convenciones y a su retórica, y transformar el acto de escribir (o el de leer) en una experiencia de vida. El desmantelamiento no es solo verbal, no se detiene a nivel del lenguaje, aunque sea allí donde sus rupturas son más drásticas; Sánchez también desconfía del diálogo, y lo omite; de los desenlaces, y propone cuatro que, en rigor, no equivalen a ninguno; de los ordenamientos temporales y así aniquila a las estaciones, a los días que son consecuencia de las noches. Lo que propone, en cambio, es una novela libre, donde cada cual –el autor, el lector- sea dueño de inventar todas las leyes del juego, y jugar a su antojo.

Quizá resulte inútil explicar las cosas que pasan en Siberia blues porque también el argumento es un punto de apoyo para provocar sensaciones. En la página 57, por ejemplo, Sánchez llega hasta la anulación del lenguaje para describir (o sentir) la muerte del flaco Colombres: intercala un dibujo donde se percibe al flaco quemado por las balas de la policía, con su tosco sombrero en medio de la calle, su revolver tumbado bajo el sol (o la luna) y su portafolio negro, amarillo, morado, resquebrajado, impecable, enfrentándose a dos camiones inmóviles. Es en este salto al vacío donde Siberia blues encuadra se mejor justificación; es allí donde demuestra que la novela es riesgo y apertura, que la muerte del género (o su transformación) es en verdad un indicio de su segundo nacimiento.

Sánchez se lanza por esa brecha que él mismo acaba de abrir: torturando la sintaxis impíamente, escarneciendo los tiempos verbales, volviendo del revés el lenguaje, como a una manga vieja, va dejando que asome su nariz un nuevo país novelesco donde los sentimientos son una borra, un residuo, y donde los lugares, los personajes y los seres humanos se funden en una sola masa implacable que modifica en cada línea su manera de ser.

Así, el “Riachuelo es un despectivo de torero sevillano manco por cornada y debido a esto en gira de colonias”; así los signos de puntuación asumen la categoría de una clave de sol, de un calderón, de una semicorchea: “Beba te extraño coma y el que escribía bebía y escribía te extraño y comía y no sé cuando llegará el día coma en que volverás coma Beba coma entre nosotros.” Poco a poco se va comprendiendo que la trama de la novela es una trama de sonidos, y que la relación entre el autor y el lector se establece mediante ósmosis musicales: “…reina madre con párpados entrecerrados al solmuytibio, horquillas en la boca de la más joven que debido a este último motivo no canta. Sumo canario seleccionado a los aullidos, sumo rodillas que la más vieja y sentada con casal de hijos en la claridad. Cómo sigue la vida, cómo espuma en canaleta abierta.” La fonética (los solfeos) de la obra explica casi todos sus secretos.

El tiempo narrativo en Siberia blues es jazzístico; como en una improvisación -en una iluminación musical-, el narrador mueve su historia por lo atajos donde van moviéndose, a la vez, los instrumentos del relato. Cuando el lector toma cierta distancia para examinar los andamios de la novela, cuando cesa de estar comprometido con ella, empieza a percibir que el idioma de Sánchez es el idioma de Buenos Aires en carne viva, que la frase “turra verdad” puede significar no solo eso, turra verdad, sino también un café a medio tomar, la soledad de una vecina en la verdulería, el ronquido de una vaca en los mataderos.

Novela de cambio (en todos los sentidos de la palabra), así como Nosotros dos era una novela de tanteo, Siberia blues consigue instalarse en el único cielo al que los narradores aspiran: el de los escándalos. (Sudamericana 1967. Esta obra fue recomendada por el jurado del Premio Primera Plana de novela, en 1966)


Néstor Sánchez, el escritor desconocido para muchos que Cortázar admiraba

Fuente: Detrasdelabiblioteca

Cada párrafo de este libro podría ser un poema en prosa perfecto, un poema complejo, como una espiral en la consciencia a través del estilo y de las palabras. Pero es una novela como un gran poema o una gran espiral. Un texto en castellano asombroso y curiosamente casi desconocido, a pesar de haber sido señalado su autor como el mejor escritor argentino de su generación (años sesenta) por Cortázar, que consiguió que Editorial Sudamericana le publicase sus primeras novelas.

 

Entre Lezama Lima y James Joyce, Siberia Blues es una recuperación del pasado, una actualización de las imágenes que perduran en el archivo mental de cada persona y que se regeneran de un modo distinto con cada vivencia. Bien podría ser la acción de esta novela un hombre recordando, de nuevo, no en el orden en el que ocurrieron las cosas, sino en el orden en el que se presentan en el presente como imágenes mentales desencajadas.

 

En este sentido, el autor no ordena las imágenes para ofrecer al lector un mundo completo, cerrado y ordenado (lo único que puede hacer es dejarse llevar y disfrutar) sino que sirven para resituar al narrador, al poeta, construyendo no una narración, sino un espacio, físico y mental, y un espacio, además, que cambia. También es un ejercicio de estilo extremo y aquí radica la verdadera importancia de Siberia Blues, en cómo el estilo se transforma en emoción. Quisiera que se entienda bien, no un alarde de virtuosismo técnico académico, sino todo lo contrario: literatura sin límites, absolutamente libre. Pero literatura: palabras insertas en frases conscientes de sí mismas que tienen un significado literal pero al mismo tiempo sugerencias subjetivas ilimitadas. Frases no que describen imágenes, sino que surgen de ellas como las hojas en un árbol.

 

Leer este libro casi desconocido es una maravilla, primero, por ser uno de los textos artísticos más interesantes del castellano en los últimos años; segundo, porque al leer la novela uno tiene la impresión de ser la única persona en el mundo que la está leyendo, como descubrir un barco español naufragado con un tesoro y saber que vas a ser rico.

 

Siendo sincero, la novela la he tenido que leer dos veces seguidas y aún así no he terminado de entender "lo que pasa", en cambio, sí lo que cuenta... Por ejemplo, el primer párrafo. Perfecto:

 

Empieza con una carga algo repentina de brigada en desuso, de guitarreos viudos hace miles de años: cuarto de siglo más tarde se hace extranjera pero nostálgica referencia a los bajos entonces mal iluminados de Villa Urquiza, en particular la franja urbana sin acceso posible para nadie que no hubiera nacido en la franja y donde la legendaria barra de Tomasol, la que defendía el criterio de frontera, mantuvo a cualquier precio el fuego sagrado del ocio: todo esfuerzo embrutece, toda tentativa para incorporarse a la caravana del sudor se relaciona con el resto de la ciudad marmota, inminente, sacudida por el hollín y los despertadores.

 

 

Normal que a Cortázar le gustase…


Nostálgica evocación porteña. Siberia blues, Néstor Sánchez

por marcelo zuccotti

            Si existió alguien en el mundo de las letras locales, además de Roberto Arlt, que hizo de su prosa un culto a la ciudad de Buenos Aires, no pudo ser otro que Néstor Sánchez. Es tan grande su poder de observación de los tics propios de la metrópoli, su particular forma de expresión, sus modismos y su historia, que en cada uno de sus trabajos el lector encuentra una identidad social.

            Esta novela narra la historia de una barra de muchachos –la de Tomasol- ubicada en una quinta de Saavedra, en la periferia de la Capital Federal –hoy, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina-. Ambientada en los años ’40, este grupo vive ocioso en las inmediaciones del predio, sin quehacer más conocido que alguna ‘changa’ o el malvivir, hasta que el peronismo surgente –apostrofado con una contundente afirmación: “la caravana de sudor”- decide despojar a sus ocupantes mediante el loteo del espacio, con el fin de establecer un barrio obrero, un museo y un parque. La mudanza del último morador y sus despojos a otra barriada, a lomo de caballo y carro adjunto -que cobra ribetes de destierro-, desencadena una multitud de imágenes del pasado de todo lo que ellos –los poseedores del “fuego sagrado del ocio”- habían vivido allí; es una catarata de recuerdos que toma la forma de collage fotográfico.

            Escrito en 1967, es también la historia de una amistad aparecida entre dos jóvenes en ese locus llamado Villa Urquiza, que concluye con la desaparición de uno de ellos sin dejar rastros, quince años después, al cumplir 30 años –anunciando, sin saberlo, lo que una década más tarde se convertiría en diaria moneda corriente-.

            La añoranza de lo que fue pero ya no es, acentuada por el uso adecuado del lunfardo –dialecto de los bajos fondos- y las descripciones de sus protagonistas, tomados de los mundillos de la droga –la ‘falopa’-, el turf –los ‘burros’-, el juego –la ‘timba’-, la prostitución o el robo, la novela resulta un retrato, un fresco elocuente de la sociedad de clase media baja de los ’60 y de su pasado inmediato.

            Lo sorprendente es la oralidad del texto, que ensambla perfectamente con la cadencia musical que encarna el jazz; el origen marginal de sus personajes y la fidelidad de una amistad que se hace presente hasta el final, otorga fuerza argumental a la narración e hilvana el conjunto de evocaciones y hechos que los van conduciendo a la cárcel, a la muerte y, en definitiva, al olvido.

            A título personal, me encontré con frases, expresiones idiomáticas, alusiones a una jerga que mis propios padres utilizaban cotidianamente cuando yo era aun un “purrete” y escuchaba los comentarios y epítetos entre sus amigos, sin poder entender qué decían. Una suerte de recuerdo de infancia.

            Es un libro magnífico, que delinea como ningún otro en ese período el latir de esta ciudad a la que pertenezco, y uno de los mejores para acercarse al universo literario de Sánchez.