Cabezón 2915

Por Mariano Fiszman

    “…no rescato nunca hechos significativos…” N. S.

 

Estoy por tocar el timbre de la casa de Néstor Sánchez por primera vez. Es el año 92 o principios del 93, lo que me acuerdo bien es la hora por su manera de decir “a las doce” en el teléfono haciendo sonar todas las consonantes a fondo y la o profunda, un poco a lo Riverito. La casa, baja, la primera desde la esquina, tiene un frente de mármol claro, puerta de chapa con un rectángulo vertical de vidrio oscuro en el centro y dos ventanas a los costados, las celosías cerradas siempre. El timbre suena fuerte, se enciende una luz a través del vidrio, el cuerpo atrás de la puerta lo oscurece, abre. Néstor es alto y corpulento, usa la ropa de los viejos del barrio, alpargatas con suela de goma, pantalón de tela liviana con elástico y camisa. Nos damos la mano, me hace pasar, nos sentamos alrededor de una mesa baja, carpeta tejida, en los sillones del juego de madera oscura, de estilo, duros, con apoyabrazos, cada uno ocupa el lugar que va a mantener después durante años, yo a la izquierda de la puerta, frente a la pared descascarada y el cuadro que le regaló Gorriarena y él a mi derecha, enfrente de una biblioteca también de madera oscura con tres puertas de vidrio y cortinitas que no dejan ver adentro, él a mitad de camino entre la puerta de entrada y otra, la que esconde el resto de la casa sin terminar de filtrar las voces de mujeres, los tangos de radio, el olor del bife o las milanesas cocinándose. A sus espaldas enmarcada la foto infantil. Hablamos de literatura, del barrio y sus personajes, que conozco bien porque viví casi toda la vida en esta misma manzana, justo a la vuelta, sin saber que esta era la casa de Néstor Sánchez, al lado de la pescadería que para nosotros sigue siendo la farmacia aunque cerró hace quince años, y cuando más adelante me presente a su madre la voy a conocer de haberla visto barrer la vereda. Pero si en la charla hay entusiasmo es mío, y es mudo. Néstor se sienta erguido y saca cigarros del bolsillo de la camisa, Particulares 30, fuma en silencio. Su cara es redonda y grande, como sus ojos, y la boca ancha. Tiene una sonrisa enorme, contagiosa, se ríe con toda la cara, asintiendo, y los ojos le brillan intensamente. Otras veces la mirada se opaca, apagada, el contraste es grande. Me veo obligado a llevar adelante la conversación, no es mi juego y lo hago torpe, pregunto por ejemplo si esa foto que se ve es de la nieta y me dice que no, que es el hijo, o pregunto fechas, tratando de situar su viaje en el tiempo, y me dice ah, no sé, yo de años no sé nada, meneando la cabeza con los ojos cerrados, como si lamentara no poder ayudarme. Le pregunto qué lee. Casi nada, dice, con la misma desolación, Joyce, “Estoy preso en esta escena ardiente”, cita y se le ilumina la cara. De Claude Simon hay un libro que está bien, El viento, una edición de Fabril, de tapas duras. No lo conozco. En el silencio, se pasa las palmas por los muslos, cruza los brazos, mira fijo la biblioteca, respira pausado y de pronto hondo y suelta todo el aire con un soplido fuerte. Tiene el mismo pelo con el que aparece en las fotos de joven, sin canas, ondulado, bien peinado, y un gesto repetido de alisárselo con la palma, no a los costados, no por coquetería, sino la parte de arriba, unas palmadas, como achatándolo. En cambio la dentadura es postiza, parece que le molesta, todo el tiempo la acomoda y corrige con la yema del pulgar. Cuando su reloj de malla negra y agujas sobre un fondo blanco marca una menos cuarto me dice que se tiene que ir a comer. Llamame, dice. Nos volvemos a dar la mano y salgo.

Ese esquema de visitas se repite un par de años, siempre día de semana, siempre a las doce y hasta la una menos cuarto. Néstor no ve a casi nadie, no lo llaman. Dice que es traductor de inglés, italiano y francés pero que no le dan trabajo, es una mafia. ¿Escribe? Ya no. Estoy seco, dice, sin expresión, sólo confirmando el hecho. No escribe porque no tiene una épica. Antes tenía una épica, una épica de vida, y esa vida se volcaba en la literatura. ¿Ahora de qué voy a escribir, de la vejez? Le dejo una copia de algún cuento que estoy escribiendo, él la hojea y la guarda en esa biblioteca que me empieza a intrigar con sus cortinas. Lee y llama enseguida, no es complaciente ni jodido, ninguna pretensión. Hablando de un cuento que le pasé, dice que le pareció parte de una novela, y yo a partir de ahí arranco mi primera novela, como si me hubiera dado permiso o hecho creer que estaba en condiciones. Como estoy por irme a Francia por un tiempo, le pregunto si hay alguien a quien pueda ir a ver. No. Estaba Beckett, lástima que murió. Después no pasa nada, y repite el gesto desolado.

Cuando nos volvemos a ver nos reímos de los parisinos y del clima, de París no. En la biblioteca del Pompidour encontré sus libros traducidos y editados por Gallimard en los setenta. Estaba Cómico de la lengua pero prefiero esperar a leerlo en castellano. No tengo ninguno, dice Néstor, se perdió todo. Sí leí El viento y también encontré, medio de casualidad, a un lingüista argentino con el que cenamos un par de veces en la rue Dunois, fuimos a bares y a la presentación de un libro de poesía en idisch en una librería del boulevard Saint-Michel con buen vino y comida y un borracho gritón con su perro al que nadie se animaba a echar, y cuando el lingüista me pregunta a quién leo le digo, para desalentarlo, Néstor Sánchez, entonces el tipo se ahoga con el bordeaux y dice que Néstor lo inició en la literatura a los quince años, era novio de la hermana de uno de sus amigos, educó a toda la barra, nunca más lo vio, me pregunta o me dice, como se dicen esas cosas, si no estaba internado. Esa noche somos dos personajes de Néstor Sánchez buscando a nuestro autor.

En Cabezón y Nazca, a las doce, cada uno vuelve a su silloncito. Un día aparece recién levantado, en pijama celeste de pantalones cortos y camisa con botones blancos, solapas y un bolsillo para los Particulares, y chancletas con dos tiras de cuero en equis, como otros vecinos de esta cuadra no hace tanto, a lo Siberia. Las novelas las escribió en un año, catorce meses cada una, no más. Era como un ciclo. El tiempo siempre presente, la fecha de escritura de la novela al final, su rúbrica. Escribía ocho horas diarias todos los días. Cuando se escribe la novela es todo el día y toda la noche, hasta en los sueños. Antes que los personajes envejezcan, dice. El tiempo y la muerte. Cuando le pregunto por el barrio, dice muchos muertos. ¿Ruido? ¿El 90 que pasa por la puerta? No, muertos, se está muriendo mucha gente. Pregunta por Martini Real, de qué murió. Me avisa que murieron Burroughs y Ginsberg, dudo si es reciente o pasó hace mucho y me olvidé o si ya me lo dijo. Sigo dejándole mis textos. Aparece en La ballena blanca un viejo artículo suyo sobre la novela y le pregunto, buscando las palabras, por algo que él dice ahí, si entonces ya contemplaba la posibilidad de dejar de escribir. Sí, asiente con la cabeza, ya la contemplaba, y me queda mirando. Ahora había empezado una novela pero la abandonó. Setenta páginas. No le gustaba. Me muestra una antología de Perfil en la que aparece Adagio. Están Macedonio, Lamborghini, Gusmán. Al día siguiente le dan 300 pesos, le da risa, es lo que se paga en las antologías. Leo la reseña, el libro de cuentos es del 88, ¿tanto? Yo también pensé que era menos, dice con la mano derecha sobre el pelo y ojos muy abiertos. ¿El personaje de Adagio es su padre? No, es Juan L. Ortiz. Es el relato de una visita a Juan L. Ortiz, aunque no pasó nada de lo que se cuenta, sonríe. Iban a verlo a Paraná con Hugo Gola. Su poesía le gustaba, pero hablaba mucho, tenía logorrea. Tomaba mate todo el día y anfetaminas. Vivía con un montón de animales, no se acuerda si perros o gatos. Era alto y flaco, y las plumas que usaba para escribir y la bombilla del mate y su boquilla, todo era fino y alargado. Voy rearmando su itinerario. Perú, ya metido en Gurdjieff, Venezuela, Monte Ávila, la traducción de Muerte a Crédito, con eso se pagó los pasajes a Europa, Italia, España, en esa época andaba bien, llegué a tener auto y todo, después París siete años y Estados Unidos ocho, en total veinte años afuera. Lo invito a cenar alguna vez a mi casa. Queda en pensarlo. Al centro no voy, dice. A todo lo que está más allá de Chacarita, en Villa Pueyrredón se le dice el centro.

Empiezo a verlo afuera, en un café de esa frontera que es Chacarita, adonde se reúne los sábados, a las cinco de la tarde, con Raschella, Hugo Savino y Pablo Ingberg. Hasta acá Néstor viene de zapatos y jeans, y ahora nos saludamos con ese abrazo porteño con choque de mejillas. Entre otros recupero un poco mi silencio, se habla de tango y de jazz, de escritores que no conocía, José Agustín, El oro, de Cendrars, Kerouac, “Y yo me vuelvo a casa, habiendo perdido su amor. Y escribo este libro”, cita Néstor y le brillan los ojos, cuenta cuando fue a Big Sur ilusionado, creyendo que lo iba a recibir una colonia de artistas pero no había dónde quedarse ni cómo volver, un desastre, se entusiasma con Molina, “Bañándome en el río Túmbez un cholo me enseñó a lavar la ropa”, si alguien nombra a Saramago él pregunta quién es, de Borges le gustan Historia universal de la infamia, El Aleph y Otras inquisiciones, lo entrevistó en la Biblioteca antes de irse, la secretaria tres veces interrumpe “Borges, teléfono”, y el viejo “Le dije que aparentara que era un hombre ocupado pero creo que está exagerando”, y el sábado que estaba en la cama antes de ir al bar y se le apareció un recuerdo olvidado de esa entrevista, un flash, él dale con Gurdjieff y con Ouspensky hasta que Borges lo interrumpe “¿Usted es teósofo?”, la risa de Néstor nos hace felices, escritura en estado de gracia, como cuando escribía, a veces estaba escribiendo un capítulo y se le armaban los seis siguientes, anotaba, después del seis al doce, la novela se iba armando sobre la marcha, un esqueleto después la escritura, para los personajes nombres de jugadores de primera C, Orsinis se iba a llamar La juntidad espeluznante, Cómico por los cómicos de la legua, trashumantes que recorrían América, además en esa época como una manera socarrona de dirigirse, “qué hacés, cómico”, o “éste es un cómico”, escrito en Barcelona algunas partes que salían directas a máquina otras a mano, anotaciones en papeles sueltos, con letra grande, a veces escribía “con trago”, de noche, en un bar vacío, el dueño un fantasma, de mañana las pasaba a máquina, Chicago vista un sólo día, el viaje en auto ida y vuelta desde el aburrimiento profundo de la residencia para escritores de Iowa, la gente que escribe “temas” y la imposibilidad de escribir una novela con personajes que no tengan nada que ver con uno, como un militar, qué se yo cómo es un militar, para eso hay que ser novelista (peyorativo).

Cuando muere la madre queda solo, la casa se me abre, de la sala pasamos al comedor que corresponde a la otra celosía que da a la calle, juego de mesa y sillas tapizadas y vajillero, la cama de Néstor, pastillas sobre la cómoda, atados de Particulares, monedas, páginas de cuaderno llenas de su letra cursiva, de ahí a la pieza que era de la madre adonde están el teléfono y el televisor y un diploma que imita un pergamino con caligrafía cuidada y muchas firmas. Los muebles, artefactos, cuadros, adornos, todo es de hace treinta años, todo mantiene su lugar. Lo desperté. Se peina y tomamos mate en la cocina oscura, uno a cada lado de la mesa, yo de espaldas a la heladera, él cerca de la hornalla encendida a mínimo, un reloj cuadrado de fórmica imitación madera clara y la inscripción Aconcagua nos vigila. Néstor es muy puntual. Se acuesta temprano, se levanta tarde, duerme siesta. Me aburro, como no escribo me aburro. Sin dientes se parece un poco a Benedetti. Querían meterme en el boom y yo me fui a la mierda. Se ríe de Vargas Llosa, “la luz entró en el cuarto como un cuchillo en la carne”, de Carlos Fuentes codeándose con presidentes y embajadores. ¿Hoy pasa el basurero? Tiene que sacar ramas a la calle, a la mañana estuvo el jardinero. También la chica que limpia. Se nota, ¿no? Igual vos sos ordenado. Si, soy ordenado. La cocina da al jardín por una puerta de alambre tejido. Salimos. El contraste con la casa golpea. El jardín es una isla de claridad. El pasto, las enredaderas sobre las paredes, muchas variedades de plantas y flores, a un costado hasta un banco de madera, todo crece fuerte, cuidado, alegre, mágico.

Aparece lo de la computadora, dice que sí y en el café nos ilusionamos, ¿y si empieza a escribir de vuelta? Un sábado al mediodía llego a Villa Pueyrredón en remise y me está esperando en la puerta de su casa. Bajamos la máquina del baúl y dejamos todo sobre la mesa del comedor. Preparó bifes y una ensalada de lechuga bien condimentada, hay pan lactal, fruta, tomamos cervezas hablando de Alberto el almacenero, de Fanego, salimos a buscar una ferretería abierta por el barrio para comprar una zapatilla, el nombre del artefacto lo hace reír, caminamos por Cuenca abajo del sol, le gusta caminar, las calles están vacías, mantiene la espalda recta, el paso un poco rígido pero elegante. Empezó a escribir de chico, en el colegio, tenía aptitud. Redacciones, cartas. A los dieciocho años un maestro le dijo que escribiera. ¿Un maestro de escuela? No, un maestro, un tipo. No había terminado la secundaria, a los dieciséis años estudiaba en el Normal Mariano Acosta cuando murió el padre, dejó la escuela y fue a trabajar. Al ferrocarril. Retiro. El padre y el tío eran ferroviarios. Tiene un hermano ocho años menor que vive en Italia y también escribe. El padre parece que escribía también, era muy lector, a Néstor le quería poner Florencio, Florencio Sánchez, se ríe, por suerte después lo convencieron. Primero escribía poesía, después dejó. No se me da la poesía, me pongo filosófico, me voy por las ramas. En cambio, creó esta escritura que llama poemática. Pero sus relaciones siempre fueron con poetas, no con narradores. Era amigo de Aguirre, Bayley, Madariaga, Molina, Ortiz, Gola, Alonso. Le gusta mucho Molina, más que Girondo. Es más denso, Girondo no es un gran poeta. Cuando él lo conoció, a través de Madariaga, Girondo andaba en silla de ruedas, lo había atropellado una moto por Florida. Era muy mujeriego, hacía grandes fiestas. De Bayley dice que necesitaba la murga, y que él se fue, no lo soportó. Fueron los primeros lectores de Nosotros dos, a la novela no le dieron el premio en el concurso de Primera Plana porque dijeron que tenía influencia de Cortazar. A Cortazar no lo conocía, le había enviado la novela a Paris y él escribió una carta fuerte de recomendación para Sudamericana, y discutiendo lo de su influencia. Así entró a publicar. ¿Cortazar? Le había pegado mucho Rayuela. También Marechal, Adán, pero más todavía El banquete.

Cada dos o tres sábados en el café, con Pablo, Hugo y Roberto, ahora algunos asados, otra noche en una pizzería brindando por los libros que aparecen y la perspectiva de que por primera vez se va a editar Cómico de la lengua en Argentina, ese fin de año todos juntos en la casa de María Teresa, pero al mismo tiempo en el comedor oscuro clases de computación que los dos queremos que terminen rápido para ir al bar de Mosconi, a cinco cuadras, adonde va todas las tardes. Entrando, levanta el brazo derecho y muestra la palma de la mano junto a su cara y cabecea apenas. Alfredo, el mozo, le trae un sifón y dos vasos, uno lo llena hasta el borde de vino Toro que Néstor va estirando, cuando se le termina el mozo se acerca y le vuelve a servir. La reacción rápida, sin necesidad de palabras, la precisión de cada gesto. Pregunto por las drogas. En esa época en Buenos Aires había droga por todas partes, estaba a la orden del día. Tomó eso que estaba dando vueltas para Orsinis, pero él no la usaba. Una sola vez fumó y le hizo mal, se separó en cinco, no sabía donde estaba. El verbo como en inglés, usar marihuana, usar cocaína. En el televisor pasan un amistoso Holanda-Brasil, le causa gracia que conozca los nombres de los jugadores. Desprecia el fútbol a favor del turf, aristocrático, aunque es de River y los domingos en la casa escucha los partidos por radio. Le divierte mucho el apodo Muñeco, de Gallardo, por la cara que tiene. Atrás de las mesas juegan al billar. Jugaba de chico, de prohibido, después ya no. Lo que sí le gustaban eran las carreras, y la quiniela. Ahora es imposible, hay carreras todos los días, y sorteos, lotería, quini, loto, raspadita, provincia, nacional, uf, sopla a través de los dientes. Para jugar a las carreras hay que estudiar, hay que leerse la revista. Una tarde en el café de Chacarita, hablando de las carreras, dice ese fue mí vía crucis. Y que en París trabajaba de mañana en Gallimard y a la tarde iba a las carreras. ¡Tres mil quinientos dólares en Boulogne! Además estaban Saint-Cloud, Auteuil, que era de vallas. Y también el póker, con Mariani y Juan Carlos Martelli. O en vez de ir al bar de Mosconi compró dos botellas de cerveza y yo traje una de whisky y cuando salgo de su casa es de noche, es invierno, necesito mucho caminar, las frases se agolpan, ¿un Gorriarena puede valer 40 pesos?, meo en los pastos de una vía por Monroe, en Triunvirato y Olazábal subo a un 127 y me despierto en Boedo e Independencia, salto al viento frío, a un taxi, cuando se lo cuente va a sonreír con la punta de la lengua entre los dientes y los ojos muy abiertos brillándole.

La casa es alquilada de toda la vida, ahora por el hijo del antiguo dueño. Solo, le queda grande, y piensa buscarse otra más chica o una pieza. Le da vueltas al asunto. Una de las últimas tardes que voy me dice que si se muda va a tener que desprenderse de los muebles, también de la biblioteca, y que elija qué libros me quiero llevar. Abre las puertas. Veo uno o dos estantes con libros. El único que quiere conservar, además de los suyos, es la antología del surrealismo creo que de Pelegrini, un volumen gordo de Fabril, por el poema de Daumal Hechos memorables. Me lo hace leer, “Acuérdate de tu guardián”. El texto está marcado con algunos puntos negros al margen, tiene correcciones a la traducción, algunos yo tachados. Resaltan tres Cómicos, y un Nous deux del 74 que le mandó a la madre desde Paris, con una dedicatoria cariñosa de tono tanguero. Son los únicos ejemplares que tengo. Después, el resto, libros de conocidos, curiosidades, un Alambres dedicado con devoción por Perlongher. Abochornado, al final elijo El conocimiento silencioso, de Castaneda. Hablamos de Castaneda, le pregunto por Gurdjieff, dice que es muy complicado, que no quiere saber nada con eso. A mí me llevó a la locura. Un mal camino. Sí, asiente, un mal camino.

Lo seguimos encontrando cada mes en el café de Chacarita. El cinco de abril lo vemos ahí, en algún momento de la charla pide si alguien le puede conseguir un almanaque grande, que se vean bien los números. Dos semanas más tarde me estiro hasta Villa Pueyrredón por última vez, es un lindo domingo de otoño, bajo del 90 por adelante y las piernas me llevan solas, paran frente a la puerta de chapa pintada de beige, acá quisiera que me dejen, al sol, con un pie sobre el umbral de mármol y a punto de apretar el botón de bronce mudo, mirando la chapa 2915 blanca, su borde de óxido que avanza, detenerme antes de ir al kiosco de a la vuelta, antes que salga la mujer se ponga una mano sobre la boca y diga que era tan correcto, un señor, que a los vecinos les extrañó no verlo, uno notó que la llave estaba puesta, habrán entrado, más tarde voy a entrar yo a una estación de servicio y voy a hacer los llamados, mañana en la comisaría 47, en Judiciales, el sargento primero Méndez, todas son escenas y nombres de una novela cómica escrita por él, pero ahora, en este instante, lo que yo quiero es parar el tiempo, que nada de esto pase, quiero tocar el timbre y que suene, que la luz no esté desconectada, que no haya este silencio, se abra la puerta y aparezca Néstor Sánchez.

 


Reconstrucción de un escritor espectral (reseña)

jueves, 9 de octubre de 2014

Por Gustavo Pablos

A 11 años de su muerte, un nuevo libro se suma al rescate de Néstor Sánchez, el autor que produjo un cimbronazo en la década de 1960 con Nosotros dos, Siberia blues y El amhor, los orsinis y la muerte, sus tres primeras novelas, donde desplegaba una narrativa “poemática” bajo el influyo del jazz o del tango, y pensada con la convicción de que “no hay que escribir nada que pueda contarse por teléfono”.

 

Marian Fiszman Pablo Ingberg compilan textos que permiten un rescate de Néstor Sánchez


"Se lee a Sánchez para ir a camino, no para hacer carrera”

por pablo chacón

En Visiones de Sánchez, los escritores Mariano Fiszman, Hugo Savino, Pablo Ingberg, Carlos Riccardo, Roberto Raschella y su hijo y albacea, Claudio, dejan algunos testimonios de su relación con el autor de Siberia blues, algo de lo cual aparece en esta reunión exclusiva en presencia de esta agencia.

El libro, publicado por ediciones La Comarca, también reúne textos de Germán García, Liliana Heer, Rodolfo Alonso, Jorge Quiroga y Liliana Guaragno, entre otros, y a pocos días del encuentro Sánchez/Di Paola, que se realizará en la Biblioteca Nacional en homenaje a ambos.

 

Este es el registro de Télam.

 

T : ¿Cómo armaste este libro, o cómo se te ocurrió esta perspectiva?

S : A manera de interés por el blog de Mariano (Fiszman) y en agradecimiento a su postura, cuando supe su intención de llevar a libro esos testimonios, no dudé en aceptar la propuesta de Pablo (Ingberg) y la suya. Esta edición la siento como un agradecimiento general a quienes intentaron difundir y sostener la obra de mi viejo cuando estaba destinada al olvido.

 

Mariano Fiszman : Los primeros textos del libro fueron los de Hugo Savino, el mío y el de Pablo Ingberg, tres escritores que lo conocimos los últimos quince años de su vida y que éramos sus amigos incondicionales cuando él murió. Por esos dos motivos, la visión que ofrecían nuestros textos era bastante parcial, tanto sobre el Néstor Sánchez que nos tocó conocer, como la opinión sobre él. Al sumarse testimonios de escritores que lo conocieron en otras épocas, que no habían sido amigos de él, incluso otros que lo habían sido y se habían distanciado, tuvimos otros puntos de vista y una sucesión de imágenes de Sánchez a lo largo de cuarenta años que terminaron armando una especie de línea histórica de su trayectoria. Es decir que fueron los textos que aparecieron los que nos impusieron un armado del libro siguiendo esa línea histórica, desde los 60 hasta su muerte.

Pablo Ingberg : La idea surgió alrededor de 2006 entre un grupo de amigos de Néstor: Fiszman, Savino, Roberto Raschella y yo. Hugo y Mariano habían escrito sus testimonios y ahí nació la idea de juntar más y armar este libro. Como no conseguían editorial interesada, en 2009 Mariano subió el material que había, junto con otras cosas, a un blog.

 

T : A tu juicio, ¿es posible poner un tope a los argumentos sobre la obra de tu viejo?

S : ¿Se podría poner tope a una improvisación? Pienso su obra como una escritura musical y al ser músico, comparo postura ética, causa y objetivo.

RR : Nadie puede poner tope a nada. Si, habría un exceso desde el punto de vista humano sobre la vida de Néstor. Allí sería necesario e importante llegar a un punto final.

 

PI : No me parece que tenga sentido. Los libros publicados pertenecen al público, no son gobernables.

 

HS : No creo, en primer lugar, Sanchez no escribía argumentos, y en segundo lugar, no hay topes de lectura. Sobre la lectura, solo hay puntos de vista.

 

T : ¿Quiénes eran los interlocutores de Sánchez en la Argentina?

S : En el  libro se muestra a las claras quiénes fueron los interlocutores de mi padre en las distintas etapas: cuando regresó al país, Carlos Riccardo, Juan Jacobo Bajarlía, Liliana Heer, Pablo Ingberg, Liliana Guaragno y Hugo Savino. En la última etapa, además de Savino y Pablo, Raschella y Mariano Fiszman; se sumaron los integrantes de su taller y un amigo que vivía en el sur: Ricardo Ortíz.  Antes de irse: poetas como Bailey, Madariaga, Molina; Ruy; gente de Opium; Mariani, Micharvegas, Siccardi, y varios más.

HS : Un grupo de secuaces en onda de frecuencia con la obra y con el escritor, inseparables.

 

T : ¿Qué piensa Riccardo sobre las experiencias psicodélicas y su vinculación con cierto misticismo?

R : La pregunta es bastante general, pareciera que se me pregunta a mí sobre el tema pero claro, debe ser con respecto a la obra de Sánchez. Y eso es difícil de contestar. Me parece que hay que separar lo místico de lo psicodélico, al menos en lo que conozco de Néstor: aparentemente no se vinculan, van por caminos separados. Si por lo de la psicodelia se quiere referir al uso de drogas psicodélicas, LSD, mescalina o lo que sea, que yo sepa, Sánchez nunca las utilizó; sólo sé que una vez fumó marihuana y le hizo bastante mal, así que nunca más volvió a probarla. Ahora en El amhor... ésta aparece, y parece unirse con lo psicodélico, con la visión de ciertos personajes (los Yuyos, por ejemplo), pero para mí es más el espíritu de la época (el 69 es la época psicodélica por antonomasia, ¿no?); y se relaciona con la visión caleidoscópica de la novela, con los actos de desacato contra las estructuras establecidas, etcétera. Pero con nada místico. Puede ser, seguramente lo es: la dislocación total de la mirada que hay en El amhor... es un efecto del trabajo de (Georges Ivanovitch) Gurdjieff, tal como me lo dijo él mismo. Por otro lado, a pesar de que Néstot estaba metido en el Trabajo, no creo que haya sido un místico; es más, no era creyente, diría que era casi ateo. Te recuerdo esa frase con la cual termina Toques, mi texto introductorio: somos esclavos de esa grandeza que es el universo, desprovisto de toda significación divina. Resumiendo: me cuesta unir ambos términos de la pregunta, porque la psicodelia de Néstor era algo externo a su escritura, y no era un místico, tal como se entiende un místico, su interés era más bien humano, un conocimiento más cabal de la experiencia y de la naturaleza humana. Pero todo esto es lo que yo pienso; tal vez me equivoque. O haya otra lectura de las cosas. Otra clave.

 

T : Savino habla del oído, del fraseo; Liliana Heer de su caballerosidad. ¿Existe en esa disposición una y la misma forma de entender la literatura?

S : En realidad, Liliana Heer se refiere a sus maneras, su estilo frente a ciertos acontecimientos, su postura ante la muerte, el dolor, lo imposible de soportar. Si sacamos de contexto la palabra caballerosidad, podríamos pensar en alguien que abre la puerta para dejar pasar a una dama y no se trata de eso. En cuanto a la literatura, Liliana piensa que Néstor tenía distintas claves. Sus personajes operan como instrumentos, diseminando experiencias de vida filtradas por lecturas, viajes, conceptos filosóficos, cinematográficos. Aquello que él denominaba su épica.

HS : Por supuesto, están imbricados, se trata de conducta lumpen, rigurosa, llena de humor y con el oído en el camino.

 

T : ¿Puede dejar epígonos un escritor como Sánchez?

RR : Si tuviera que mencionar un nombre sería el de Mariano Fiszman como un único intento posible.

 

CR : Para mí, no puede haber epígonos de Néstor. Si uno lo ha entendido bien, uno sólo puede seguir un camino propio, de sinceridad irremisible.

 

MF : No se puede escribir tratando de imitar a Néstor Sánchez como no se puede intentar imitar a Joyce, a Beckett o a otros escritores extremadamente singulares, pero sin ninguna duda se puede seguir su camino. Sánchez nos dejó a los escritores que vinimos después muchas enseñanzas. Por un lado, sobre la manera de comprometerse personalmente con el oficio. Por otro, la apuesta por una escritura más de sonidos e imágenes que de ideas, no de transmisión de significado sino de resonancias, artística más que intelectual, muy consciente de sí misma, vital, con humor, libre de toda forma de saber preexistente del escritor sobre el texto. Por eso, no solo puede dejar epígonos, o sea, otros que sigan su huella, sino que es fundamental para mostrar que hay otros caminos para escribir, por fuera de la literatura convencional y pretenciosa.

 

PI : Su escritura va tan lejos en una aventura personal que cualquier imitación siempre va a quedarse muy corta. Pero hay cierto espíritu inconformista, inadaptado a dictados del marketing, de búsqueda hacia dentro, que siempre estará abierto a afinidades profundas.

 

HS : No. Es un fraseo irrepetible. Thelonoius Monk tampoco dejo epígonos. Tampoco Jack Kerouac. Visiones de Cody o el Amhor, los Orsinis y la muerte son libros de iniciación no de repetición. Se los lee para ir a camino no para hacer una carrera.

 

S : Todos ellos hablan por mí. Aquí me corresponden las generales de la sangre: yo rescaté a mi padre desde la obra y pienso transformar en círculo ese horizonte.